jueves, 22 de diciembre de 2011

LA IDENTIDAD

LA IDENTIDAD

-Me enteré de tus andanzas y avatares escuchando Radio Almenara.

-Sí, es lo malo que tiene el ser un personaje público: tarde o temprano todo acaba

siendo publicado. Público, publicado... Por cierto, ¿por qué utilizas palabras como esas:

andanzas y avatares?...

-Es que estoy leyendo novelas de caballería, como El Quijote, y se me han pegado

algunas de sus expresiones lingüísticas.

-Bueno, podría ser peor.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que podrías haber estado leyendo obras jurídicas, y se te habría pegado algo

del lenguaje forense, lo cual habría sido bastante molesto para mí.

-Sí, claro, como tú acabas de salir de prisión por lo de Marbella.

-Sí, por eso lo digo. Uno ya está harto de tanto oír hablar palabras arcaicas en

desuso. Hasta los mismísimos...

-Lo comprendo, siento habértelo recordado.

-No pasa nada, hostias, a todo se acostumbra uno.

-Ya, pero los periodistas no te dejarán en paz.

-Eso sí que es malo, no puedes moverte por ninguna parte sin que te echen sus

cámaras fotográficas a la cara, ¡los muy buitres!

-Y ahora qué harás.

-Tratar de vivir poco a poco... el tiempo que me quede.

-¿No le echaste cuento a lo de tu enfermedad en la cárcel?

-Bueno, algo sí, pero también es verdad que no gozo de buena salud. ¿Para qué

contar?..., cosas de cada uno.

-Por lo menos ella no te ha dejado de lado, ¿verdad?

-Sí, esa es mi fortuna, me sigue siendo fiel, la santa. Es mi consuelo.

-Algo te queda. Y algo te quedará de lo que te llevaste, ¿no?

-¿Llevarme yo?... ¡Que yo no he cogío ná que no fuá mío!... ¡A ver si to`l mundo

s`entera, cojones!... Si te doy una hostia te desparramo los sesos, capullo. Serás pedazo

de imbécil, desgraciao... ¿Y tú eres un amigo?... ¿Tú eres amigo mío?...Tú eres un hijo

de la gran puta, cabrón de mierda.

-Perdona, Julián... ¡Coño, cómo te pones enseguida por nada!

-¿Por nada? ¿Por nada?... Gilipollas, si tú tuvieses que pasar lo que yo he pasao te

ibas a enterar de lo que es bueno, mamón.

-Bueno, me voy, te dejo, que parece que no tienes un buen día. Adiós.

-Sí, vete, subnormal de los huevos, ve a que te den por el culo, maricón de playa.

¡Habrase visto el infeliz!...

La tormenta fue amainando. El hombre es bueno, los hombres son malos; y dos son

ya una multitud.
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Obra de José Ruiz DelAmor

martes, 20 de diciembre de 2011

INTELIGENTE

INTELIGENTE


-Es Vd. muy inteligente -halagaba uno.

-No, señor -le respondió el otro-; lo que sucede es que Vd. lo es muy poco.
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Obra de José Ruiz DelAmor
Microrrelatos
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miércoles, 14 de diciembre de 2011

LA MEMORIA

LA MEMORIA

Perdí la memoria, y a día de hoy no puedo recordar cuándo, dónde ni cómo fue. Mas encuentro algo extraño en el suceso: ¿cómo puedo recordar que he perdido la memoria?
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Obra de José Ruiz DelAmor
De "Microrrelatos"
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sábado, 3 de diciembre de 2011

LA BALSA

LA BALSA



Para Albert Einstein, en apoyo

A su teoría sobre la relatividad



Lo que creo veo



Según tengo entendido y creo, el año era o fue 1966, pero dejémoslo dada mi

inseguridad manifiesta en un año cualquiera de la decada de los 60. Acababa de

amanecer setiembre, época de migración de los parias, y, como las aves ante el frío, los

desposeídos de la piel de toro, los últimos en el ranquin profesional español, los

trabajadores u obreros eventuales sin cualificar, sobre todo rurales, embestían la frontera

del norte rico, irrumpiendo con sus penas en la maleta y su hambre en el estómago y en

el corazón, su bota de vino barato al hombro junto a su guitarra, y su chusco de pan

duro bajo el brazo: a la Europa. Se cruzarán en su camino con las aves migratorias que

vienen a sentar plaza a las tierras que ellos dejan, para en gran parte ser cazadas por

caballeros de renombre y alcurnia blasónica. En el éxodo, arrastra tal evento a pueblos

enteros, principalmente de la geografía sur de España, con gran contento para los

dirigentes de la red de ferrocarriles del estado, monopolio, que veían, ven y verán, cómo

setiembre y octubre, ida y vuelta de estos desharrapados, se convierten en verdaderos

agostos para su negocio, justificándose así a las claras la Ley de la Relatividad de Albert

Einstein.

Sentado cómodamente sobre uno de los bancos de unos de los departamentos de uno

de los vagones, de uno de los cuatro vagones considerados como de segunda, y

realidad, última categoría, Juan del Soto, calasparreño para más señas, se sentía

exultante y amenguado al mismo tiempo ante la inmensidad y magnitud de los paisajes

y ciudades desconocidos que se le mostraban… (¡Pues no era grande este mundo ni

nada, rediós!...)

Juan del Soto, Nico para los amigos, jamás vislumbró otros horizontes lejanos que no

fuesen los de su Calasparra natalicia; quedó exento del servicio militar por exceso de

cupo, que por causa de minusvalía física, nunca gozó de la oportunidad ni la necesidad

de despedirse de su tierra; ni tan siquiera a los pueblos vecinos visitó: ni estuvo en la

altiva Caravaca de la Cruz, tierra de dos religiones, ni fue a la rica Cehegín, pueblo de

viejos blasones, ni visitó la humilde Moratalla, villa de belleza callada. Entre la siega

del esparto y el cuidado del par de fanegas de tierra, herencia familiar, había

transcurrido su vida sin sobresaltos ni agitaciones, hasta ahora, en el meridiano de su

andadura vital.

En fin, a Nico, de Juanico, todo le parecía nuevo y maravilloso visto al través de los

cristales de su departamento que compartía con, aparte de gran número de bultos

acordalados y maletas de madera cascarrada, varios hombres, mujeres y niños, todos de

su pueblo o convecinos; todos oliendo a tierra y sudor entremezclados…, los niños con

zapatillas clocas. Excepto él, todos dormían a pierna suelta, o encogida, dada la falta de

espacio del compartimento. Era de noche, ¡pero había tanto que ver!... Retenía…,

intentaba conservar en la memoria cada nombre de los pueblos por los cuales pasaba o

estacionaba el tren: Cieza, Jumilla, Villena, Onteniente, Albaida, Játiva, Carcagente,

Alcira…

Fue poco antes de alcanzar a ver la ciudad de Valencia, capital del reino, la de las

fallas y ninots. Había quedado atrás La Albufera, que Nico no vio a causa de las

sombras que arropaban aún al alba. Ahora, ya despuntaba el sol, naciendo del mar, de su

diario baño nocturno. Por entre el follaje de los árboles y las almenas de los caseríos

entre naranjos, se asomaba tímidamente el Mar Mediterráneo a retazos. Nico no podía

descubrir gran cosa de éste, salvo una larga franja lisa y brillante, retijante merced al sol

que chapoteaba entre las olas de faralá burbujeantes.

Al principio creyó que aquello era un río. Un río grande, muy grande, eso sí; el más

grande que había visto en su vida; pero conforme la vía férrea se aproximaba más a la

costa y pudo calibrar las relativas enormes dimensiones del regajo de agua, se definió en

su mente qué cosa fuera aquella.

Dio un codazo bastante desconsiderado y descortés en las costillas de su más cercano

acompañante, que tuvo la virtud de despejar por completo a aquél, e indicándole con

una cabezada el azul de fondo de la ventanilla del compartimento, exclamó soliviantado

por la emoción y cómplice, pues necesitaba compartir con alguien su reciente

descubrimiento:

-¡Pos no tiene que tener pasta ni nada el tío que se ha hecho la balsa esa tan grande,

tú! (sic).
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Obra de José Ruiz DelAmor
De "Cuentos Costumbristas Murcianos"
Publicado en alguna página de Internet que no recuerdo
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miércoles, 30 de noviembre de 2011

LOS TAPICES



EL TAPIZ
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Cometer deslices
respecto a tapices...

El viejo matrimonio de ricachones americanos recorría los amplios salones del viejo castillo europeo, centroeuropeo para ser más exactos, eligiendo los tapices con que cubrirían los muros que restaban desnudos del castillo inglés que compraran hacía dos años, transportado piedra a piedra hasta su nuevo emplazamiento en Ohio, de donde eran oriundos. Caído en desgracia a causa del juego, era el mismo propietario del castro quien hacía las veces de cicerone e intermediario en la venta. Estaba a la venta todo el mobiliario y el mismo castillo. Esperaba que el producto de lo vendido a aquellos podridos de dinero le diese lo suficiente para cubrir la totalidad de las deudas de juego contraídas hasta el momento presente.

Los americanos deambulaban, ora adelantándose, ora rezagados, entusiasmados en sus descubrimientos ante la apatía del propietario, paciente y calmo.

-¡Éste!... ¡Este es el que más me gusta! -oyó a la señora decir mientras señalaba hacia un rincón del salón que visitaban. Miró hacia ellos mientras su esposo asentía en señal de aprobación, y quedó perplejo. ¿A qué se referirían?... Aquel ángulo del salón, en lo que podía recordar, estaba completamente vacío. Movido por la curiosidad se acercó, mientras el opulento hombre de negocios americano confirmaba el buen gusto de su esposa:

-Sí, también a mí me gusta mucho este tapiz. Es muy original.

Cuál no sería la sorpresa del noble cuando al llegar donde éstos se encontraban coligió la naturaleza verdadera del referido tapiz: una enorme, polvorienta y deshilachada telaraña centenaria.
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Obra de José Ruiz DelAmor
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ERA


ERA
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Érase una vez que se era una era.
La era era una era del erario público.
Y era una era que era para aventar lo que era procedente de la era.
Lo que era, era.
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Obra de José Ruiz DelAmor
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martes, 22 de noviembre de 2011

LITERATURA DE RETRETE

LITERATURA DE RETRETE

Caga feliz,
caga contento,
pero ¡coño...,
caga dentro!

(Recriminación de W.C.)

¿Nunca han entrado en el váter de un bar, biblioteca (aquí sí tienen verdadera razón de existir), urinario público, etcétera... y se han entretenido leyendo las leyendas escritas, generalmente, a bolígrafo (extraño sería verlas escritas a dedo, lo cual diría poco en favor del aseo personal del autor) en la jamba interior de la puerta, en los rebordes del marco y sobre el yeso de la pared o en los manises claros...? Yo sí, y entre ellos háylas de una exquisitez excelsa -ya que no exquisita- y un carácter literario innovador. En fin, que disfruto como un burro en un patatal cuando descubro estos textos de apresurados literatos y hallo novedades sobre los ya leídos anteriormente por uno.

Bien conocido es el axioma matemático sobre el amor:

El amor es elevar el miembro a la máxima potencia,
encerrándolo entre paréntesis,
sacándole el factor común
y reduciéndolo a la mínima expresión.

El amor a las Ciencias Económicas también encuentra su propia definición en estas malévolas páginas:

El amor es un negocio redondo:
Se mete más que se saca.

Hasta el Derecho Político halla su propio apartado:

El amor es una verdadera democracia
porque disfruta tanto el de arriba
como el de abajo.

Los grandes filósofos griegos también hallan cabida en la literatura de retrete de gusto más refinado:

Lo demostró Aristóteles,
lo confirmó Platón:
la última gota siempre
cae en el pantalón.

Algunas de las leyendas hacen gala de un muy fino sentido del humor:

¿Hace calor, verdad?

Reivindicaciones vetustas del movimiento hippy:

La hierba no se pisa,
¡se fuma!

Tendencias sindicales:

El día que la mierda
tenga algún valor,
los pobres dejarán de cagar.

Machismo recalcitrante:

Si cagas sentao
eres un cabrón domao.

Hay pintadas de un gusto más que dudoso:

¡Follar a las enfermeras y limpiadoras!

Aun cuando se enmascaren de poesía insultante:

Con tu madre y con tu hermana,
mejor en la cama.

Extrañas:

El pobre de Sabina
perdió la metralleta;
al no tener pilila,
dispara con las tetas.

Con apariencia de declaración amorosa:

Aunque seas rubia y pecosa,
eso no me importa,
porque para mí,
siempre serás la más hermosa.

Consejos sobre el modus operandi del lugar en que te encuentras:

Caga tranquilo,
caga contento,
pero ¡capullo!
caga dentro.

Exaltaciones en renovadas salomas marineras:

Si tu fueras barco,
yo me metería a pirata
para descubrir el tesoro
que tienes entre las patas.

Incluso más belicosas:

Si tu chucho fuera un barco
y mi picha un cañón,
armaríamos la guerra
de la China y el Japón.

Retos circenses de gran altura (y a tal altura escritos):

Quien quiera ser titiritero
que llegue con la polla a este letrero.

Supuestos biológicos:

Si el coño tuviera dientes,
como tiene fortaleza,
a la polla más valiente
le cortaría la cabeza.

Más leyendas urbanas informátivas:

Aquí se caga,
aquí se mea...
y el que tiene ganas
se la menea.

Pero dado que el presente meódromo no posee más sentencias literarias de interés, es tiempo ya de abandonar el culto recinto, sin olvidar limpiarse pulcramente el trasero y tirar de la cadena para que la catarata del embalse superior arrastre a las profundidades del subsuelo urbano nuestras intimidades más execrables.
Aunque, lamentablemente, las leyendas se repiten con demasiado exceso, tarde o temprano acaba uno por descubrir alguna nueva joya literaria de factura breve de anónimo autor en algún cagadero visitado, engrandeciéndose así poco a poco la preciosa literatura de W.C.
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Obra de José Ruiz DelAmor
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