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martes, 27 de diciembre de 2011

CUESTIÓN DE CANTIDAD


*
CUESTIÓN DE CANTIDAD

Un hombre penetró en el bar.

-Dame un poco de agua en una botella que no te sirva, muchacho. Es para echársela al coche -se dirigió exigente al camarero.

La inexacta explicación le fue suficiente al barman; le llenó una botella y se la colocó al alcance de la mano al otro. La cosa no acababa ahí.

-¿Por qué me la has llenado de agua, si te he pedido sólo un poco?...

El individuo, sin tocar la botella, se regodeaba con su amonestación irrefutable.

-Perdone, creí que era para el radiador -dijo el camarero, y vació la mitad del agua que contenía la botella. Volvió a situar la botella sobre el mostrador.

-¿Está bien así?

Los ojos del hombre bailaban en las órbitas con gozo maligno.

-No, porque como es para el radiador del coche, la necesito llena. Y puede que aun así no sea suficiente.

-Y por qué no la ha tomado cuando estaba llena -replicó, ya harto de tanta estupidez, el de la barra.

-Es para que aprendas a darle a la gente lo que te pida; ni más, ni menos.

-Bien, usted a pedido un poco de agua, ¿no?

-Eso es.

-¿Y qué dígito, qué cifra, qué cantidad numérica es para usted “un poco” de agua, señor?

La sonrisa se le esfumó al sujeto.

-No te hagas el listo conmigo, muchacho. Y ten más respeto con la clientela si no te quieres ver en problemas -amenazó descaradamente.

-Pero si usted es la primera vez que entra en este local, y no precisamente para consumir... Que a la vista está.

-Y menos que voy a consumir a partir de hoy. ¡Si será maleducado el muerto de hambre éste!

El cliente, pinciano de clase obrera, violento, salió del local con la botella de agua en la mano. No retornaría el casco.

Pasar más hambre que el lagarto de Jaén.
(Dicho de Valladolid)
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Obra de José Ruiz DelAmor
De "Crónica Negra de Pucela"
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sábado, 3 de diciembre de 2011

LA BALSA

LA BALSA



Para Albert Einstein, en apoyo

A su teoría sobre la relatividad



Lo que creo veo



Según tengo entendido y creo, el año era o fue 1966, pero dejémoslo dada mi

inseguridad manifiesta en un año cualquiera de la decada de los 60. Acababa de

amanecer setiembre, época de migración de los parias, y, como las aves ante el frío, los

desposeídos de la piel de toro, los últimos en el ranquin profesional español, los

trabajadores u obreros eventuales sin cualificar, sobre todo rurales, embestían la frontera

del norte rico, irrumpiendo con sus penas en la maleta y su hambre en el estómago y en

el corazón, su bota de vino barato al hombro junto a su guitarra, y su chusco de pan

duro bajo el brazo: a la Europa. Se cruzarán en su camino con las aves migratorias que

vienen a sentar plaza a las tierras que ellos dejan, para en gran parte ser cazadas por

caballeros de renombre y alcurnia blasónica. En el éxodo, arrastra tal evento a pueblos

enteros, principalmente de la geografía sur de España, con gran contento para los

dirigentes de la red de ferrocarriles del estado, monopolio, que veían, ven y verán, cómo

setiembre y octubre, ida y vuelta de estos desharrapados, se convierten en verdaderos

agostos para su negocio, justificándose así a las claras la Ley de la Relatividad de Albert

Einstein.

Sentado cómodamente sobre uno de los bancos de unos de los departamentos de uno

de los vagones, de uno de los cuatro vagones considerados como de segunda, y

realidad, última categoría, Juan del Soto, calasparreño para más señas, se sentía

exultante y amenguado al mismo tiempo ante la inmensidad y magnitud de los paisajes

y ciudades desconocidos que se le mostraban… (¡Pues no era grande este mundo ni

nada, rediós!...)

Juan del Soto, Nico para los amigos, jamás vislumbró otros horizontes lejanos que no

fuesen los de su Calasparra natalicia; quedó exento del servicio militar por exceso de

cupo, que por causa de minusvalía física, nunca gozó de la oportunidad ni la necesidad

de despedirse de su tierra; ni tan siquiera a los pueblos vecinos visitó: ni estuvo en la

altiva Caravaca de la Cruz, tierra de dos religiones, ni fue a la rica Cehegín, pueblo de

viejos blasones, ni visitó la humilde Moratalla, villa de belleza callada. Entre la siega

del esparto y el cuidado del par de fanegas de tierra, herencia familiar, había

transcurrido su vida sin sobresaltos ni agitaciones, hasta ahora, en el meridiano de su

andadura vital.

En fin, a Nico, de Juanico, todo le parecía nuevo y maravilloso visto al través de los

cristales de su departamento que compartía con, aparte de gran número de bultos

acordalados y maletas de madera cascarrada, varios hombres, mujeres y niños, todos de

su pueblo o convecinos; todos oliendo a tierra y sudor entremezclados…, los niños con

zapatillas clocas. Excepto él, todos dormían a pierna suelta, o encogida, dada la falta de

espacio del compartimento. Era de noche, ¡pero había tanto que ver!... Retenía…,

intentaba conservar en la memoria cada nombre de los pueblos por los cuales pasaba o

estacionaba el tren: Cieza, Jumilla, Villena, Onteniente, Albaida, Játiva, Carcagente,

Alcira…

Fue poco antes de alcanzar a ver la ciudad de Valencia, capital del reino, la de las

fallas y ninots. Había quedado atrás La Albufera, que Nico no vio a causa de las

sombras que arropaban aún al alba. Ahora, ya despuntaba el sol, naciendo del mar, de su

diario baño nocturno. Por entre el follaje de los árboles y las almenas de los caseríos

entre naranjos, se asomaba tímidamente el Mar Mediterráneo a retazos. Nico no podía

descubrir gran cosa de éste, salvo una larga franja lisa y brillante, retijante merced al sol

que chapoteaba entre las olas de faralá burbujeantes.

Al principio creyó que aquello era un río. Un río grande, muy grande, eso sí; el más

grande que había visto en su vida; pero conforme la vía férrea se aproximaba más a la

costa y pudo calibrar las relativas enormes dimensiones del regajo de agua, se definió en

su mente qué cosa fuera aquella.

Dio un codazo bastante desconsiderado y descortés en las costillas de su más cercano

acompañante, que tuvo la virtud de despejar por completo a aquél, e indicándole con

una cabezada el azul de fondo de la ventanilla del compartimento, exclamó soliviantado

por la emoción y cómplice, pues necesitaba compartir con alguien su reciente

descubrimiento:

-¡Pos no tiene que tener pasta ni nada el tío que se ha hecho la balsa esa tan grande,

tú! (sic).
*
Obra de José Ruiz DelAmor
De "Cuentos Costumbristas Murcianos"
Publicado en alguna página de Internet que no recuerdo
*
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viernes, 28 de octubre de 2011

CHEPELE

¿CHE PELE?
(origen de un apodo)
*
Ellos ni tienen dinero
Aunque trabajan en bancos,
Giran al día muchas letras
Y abren cuentas a diario.
Los párvulos
*
-¿Che pele?
-Pasa, pasa –concedió como siempre casi riendo la maestra al niño que aguardaba junto a la puerta entreabierta del aula, la cartera colegial en la mano derecha, hasta obtener permiso para franquear la entrada al aula -…, y ven aquí-. El chiquillo se aproxima con nerviosismo de culpabilidad-.
Vamos a ver, Juanito… ¿Cómo te llamas?
-Juanito…
-El nombre completo. Eso ya lo he dicho yo.
Risas de los alumnos, que le dan fuerza al motivo de ellas.
-¡Chiss…! Niños, silencio.
-Juan Fernández García, para servir a Dios y a usted –se extirpó de la garganta sin titubeos el niño.
-Bien. Y si puedes decir bien tu nombre ¿por qué no eres capaz de decir “se puede” en vez de “che pele”?... Venga, esfuérzate, di se puede.
-Se… se pue-de… -logró pronunciar el chiquillo con visible esfuerzo sobrehumano.
-Muy bien, Juanito… A ver si no se te olvida. Siéntate, anda.
Mientras Juanito toma asiento entre las risas ahogadas de sus colegas, la profesora comienza la clase de parvulario.
-Bien, niños; hoy vamos a estudiar la letra “ele”. Abrir la cartilla por la página que lleva dibujada un lápiz.
Y al poco, el incidente con Juanito queda una vez más olvidado por todos. Salvo quizá por Juanito.
***
Ha pasado algún tiempo y Juanito llega tarde de nuevo, algo bastante habitual en todos los niños normales. Tras tocar suave la madera con sus menudos nudillos, abre la puerta, dejándola entornada, y pasa al interior del aula, al umbral.
-¿Che pele?
-¡Pero… Juanito!... Yo creía que ya sabías decir “se puede” y que no volverías a hablar tan mal… Pasa, pasa; no tienes remedio.
La señorita se sentía desalentada ante tan insólito caso sintáctico.
Los compañeros de aula de Juanito le gastaban bromas inocentes, burlándose de su frase de permiso con el simple acto de remedarla, y le apodaron como “el Chepele”, sobrenombre que arrastraría durante el resto de sus días el muchacho.
*
Finalizaba el año escolar, cuando un buen día en que Juanito llegaba tarde, cosa corriente en él, sorprendió a maestra y alumnado, colegas suyos. Con clara voz y timble correcto, como si lo dijese bien de toda la vida, dijo:
-¿Señorita, se puede?
Con gran contento inicial para la maestra, nunca más se volvió a escuchar la confusa frase habitual en los labios de Juanito.
Desde aquel día, la señorita, la “seño”, siente que le han quitado algo a su clase de parvulario.
*
Obra de José Ruiz DelAmor
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***
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miércoles, 31 de agosto de 2011

EL ALFILERILLO


EL ALFILERILLO


Bicho cobarde,
ni come chicha ni carne.

Refrán


Ocurrió en un lugar de La Mancha, cerca de Chinchilla, en un año cualquiera durante la dictadura franquista, en una finca anónima, durante la época de recolección de las mieses.
En verdad que no eran precisamente opulentos los jornales que percibían los segadores, gente de paso, inmigrantes, trashumantes, en aquellos tiempos; ahora, las máquinas suplen a los jornaleros. De una jornada de casi doce horas de trabajo duro diario, había que descontar de la paga bruta la manutención, que corría a cargo del patrón ineludiblemente. Una lebrilla de gazpacho manchego insulso y varios panes caseros descomunales, de los llamados de carrasca, bastaban, según la apreciación de los patronos, para saciar las hambres atrasadas de aquellas gentes sin hogar fijo; menú que se repetiría a la noche. Pan con pan, comida de tontos, dice un refrán.
También había que descontar, por supuesto, el alojamiento que les ofrecía generosamente a aquellos aventureros sin lugar al que caerse muertos: un inmundo barracón destartalado, que ni para el ganado era adecuado, donde cincuenta personas o más -según la superficie de la finca o el volumen de la cosecha- habían de hacinarse, agavillarse, cada noche sin el menor derecho a la intimidad o a algún mínimo servicio higiénico privado. Para completar el triste cuadro, baste con saber que la mayor parte de los jornaleros llevaban a toda su familia consigo, mujer e hijos, y en algunos casos ancianos padres; también, qué duda cabe, las hijas.
Frío de noche y calor de día, sumados al hambre habitual, convierten a cualquier persona por encumbrada que fuere en miembro ferviente de esa secta de vividores a salto de mata bien conocida por sus mañas: el grupo de la picaresca. No surge otra opción que ejercer el florido oficio y arte de la picardía.

* * *

Tras de haber almorzado, serían sobre la una y media, el peonaje que no cabía en el interior del angosto y poco ventilado barracón, que cuando menos defendía algo del fuego solar, estaba empentado de espaldas contra las paredes en sombra del exterior, o tumbado desmadejadamente sobre las garberas de espigas trigueñas apiladas aquí y allá, producto del trabajo reciente. A aquella hora el barracón comenzaba a convertirse en un horno, y muchos de dentro lo abandonaban, ya que el hedor humano se hacía más insoportable que el inclemente sol. Fuera, la tenue brisa incorporaba una nota de respiro a los cuerpos sudorosos.
Dos jornaleros charlaban cansinamente; mientras, observaban a las aves de corral de la hacienda en sus evoluciones para picotear grano o gusanos que escarbaban en la tierra.
-¡Maldita sea, tú!, ¡no puedo aguantar más esta comida todos los santos días!... Yo soy de Murcia y no estoy acostumbrado a comer siempre lo mesmo una y otra vez.
-Ya te acostumbrarás -afirmó filosóficamente su compañero.
-Eso lo dirás tu... Yo no lo creo -Ambos miraban fijamente el sucelento averío de gallinas, pavos y patos-. Hasta esos bichos comen mejor que nosotros. ¡Fíjate qué pechugazas que tienen!
-No quiero verlas.
-¡Si pudiéramos coger alguno...!
-¡Ni se te ocurra! Si el patrón te pilla... es capaz de meterte en la cárcel pa los restos.
-Tú lo has dicho: si me pilla. Pero a lo mejor es el mismo patrón el que me hace un regalo dándome alguna que otra ave -dijo para sí mismo el murciano ante la mirada de extrañeza de su colega.
-¿Qué tonterías estás diciendo?...
-Tú tiempo al tiempo.

* * *


Durante el mediodía de la jornada siguiente, la situación y escena venían a ser las mismas, con la única salvedad que representaba el bullicio de los críos que jugaban a la pídola, aun bajo un sol tan tórrido como lo fuera el del día anterior. Pero ya se sabe cómo son los zagales: culo veo y culo deseo, y bastó con que uno de ellos evolucionase inquieto, para que el resto sintiese una comezón que le impedía permanecer inactivo. Todavía no habían buscado la totalidad de las gentes refugio contra el lorenzo, y estiraban las piernas tras de lal frugal comida competitiva de costumbre; competitiva, ya que había que pugnar por introducir la rebanada de pan, a modo de cuchara, en el mojete mixto del lebrillo.
Algo apartado del resto, casi oculto de forma indolente tras de unas alpacas de paja, el murciano que el anterior día soñara ilusamente con el regalo de un ave de corral por parte de su patrono, observaba a un grupo de gallináceas -sólo gallinas y pavos, no había perdices- cómo se disputaban el grano que alguien había esturreado por el piso de un claro previamente.
Ese alguien había sido él mismo.
De pronto, uno de los pavos dio un grito agónico y ahogado, y torció su largo cuello en un espasmo malabar; volvió a gritar en un alarido estertóreo, y, dando un extraño e incongruente giro en el aire, cayó al suelo entre aleteos y pataleos convulsos, revoloteando algunas de sus propias plumas a su alrededor.
Si lo que el ave pretendía con sus gritos -en el ímprobo supuesto de que algo pretendiese- era atraer sobre sí la atención, lo consiguió sobradamente. Al poco, chiquillos y adultos de la más próxima cercanía se disponían en rededor del animal, que continuaba debatiéndose aún. Los peones del interior del barracón salieron fuera ante el tumulto ocasionado por sus compañeros de trabajo. El murciano, que se había alejado un tanto en principio, llegó de los últimos, a pesar de ser el primero en ver lo sucedido.
-¿Qué ha pasado? -preguntaban unos. Las mujeres preocupadas por la seguridad de sus hijos.
-Un pavo, que parece que le ha dado un patatús -contestaban otros, más enterados.
Pronto, también llegó el patrono apresuradamente, a pesar de sus rollizas carnes y oronda barriga.
-¿Qué pasa? -demandó autoritariamente.
Una abertura de acceso en el corro formado, para que el amo pudiese penetrar, fue la respuesta de los más cercanos.
-¿Qué ha pasado?... Decid -tornó a preguntar conminatoriamente.
-No sé... No sabemos... Nosotros acabamos de llegar y el pavo ya estaba así -le respondió una voz anónima.
-¿Alguien ha visto algo? -interpeló con menos altanería el patrón a los presentes.
Obtuvo silencio por respuesta.
En tanto que el señor se agachaba con reparos sobre el animal para examinarle, el murciano se abría paso lentamente entre el corro.
-¡La madre que parió al demonio traidos! -injuriaba el amo, seguramente a la mala fortuna.
-Patrón... -musitó alguien.
-¿Quién...? -miró el hacendado a los miserables de rostros sucios y tristes a su alrededor, encontrándose con la jeta expectante del murciano- ¿Qué?...
El de Murcia según sus propias palabras, carraspeó, se destocó de la boina y se rascó la cabeza por entre la escasez de sus cabellos.
-Verá usté, señor... Es que me parece que yo sí sé lo que le pasa al pavo -dijo el levantino volviéndose a colocar la boina.
-Habla -pidió sin suficiencia el amo y señor.
-Es que sucedió una cosa parecía en una granja en la que estuve trebajando hace tiempo, y el veterinario dijo que era la enfermedad del "alfilerillo". Ansí la llamó. Yo no sé qué quiera dicir eso, pero aquellos alimaluchos tamién se revolcaban de la mesma jorma que éstos de ahora de aquí.
El patrón dividió sus miradas entre el murciano y el pavo que se retorcía aún, aunque con menor energía.
-¿Y qué más sabes? -instó el señor al peón para que contase todo lo que supiera al respecto de la enfermedad- ¿Qué más dijo el veterinario en aquel caso?
-No me recuerdo mu bien, patrón -se disculpó el de Murcia con un ligero carraspeo-. El médico de animales dijo que aquello era una pidemia, pero que no solía durar mucho tiempo; pero que no se sabía de que hubiera alguna cura conocía.
"Una epidemia", pensó el patrón. "Claro, con toda esta gente tan guarra que viene... qué enfermedad no llevarán ellos encima".
-El patrón de aquel sitio le preguntó al médico -seguía diciendo el segador- si la carne de los bichos se podía comer, y le dijo que él le aconsejaba que no se la comiera, por si un caso; pero que no sabía de que nadie se hubiera muerto por comérsela, aunque... como se sabía tan poco de esa enfermedad...¿quién sabía?
El patrón quedó pensativo durante unos segundos.
-¡Conque el alfilerillo, eh!... -dijo, saliendo de su mutismo- Bien, tú, encárgate de enterrar al pavo lo más lejos posible -se dirigió al murciano-. Y mátalo en seguida, que no sufra más el pobre animal; que no tiene culpa ninguna.
Y con esto se fue hacia la casa principal, dando por finalizado el asunto. Por el momento.
El murciano, ayudándose de un palo, asfixió al animal quebrándole el cuello de paso, y cogiéndolo en brazos con afectados miramientos, tal como si portase una bomba de relojería a punto de estallar, se alejó con él campiña adelante seguido por las miradas atemorizadas de sus colegas. La gente, satisfecha su curiosidad, se desparramó, buscando de nuevo cobijo contra el solazo; sólo el hombre que el día anterior hablaba con el barriga verde permaneció viendo cómo aquél se alejaba más y más, siguiéndole poco después, cuando el resto había despejado el campo. Allí había gato encerrado.
Halló al murciano tras de una loma, lejos de las edificaciones. Cómodamente sentado sobre un talud, se dedicaba a desplumar al pavo con escaso éxito.
-Acércate -le invitó el de Levante al descubrirle.
-¿No lo vas a enterrar, como te ha dicho el amo que hagas? -preguntó cándidamente el llegado.
-¿Enterrarlo?... ¡Qué va...! Lo que voy es... a comérmelo.
-Entonces, ¿no está enfermo?
-Ni hablar del peluquín, éste está más sano que tú y que yo juntos.
-Ya me parecía a mí que había algo raro en todo esto. Era mucha casualidad que se jiñara el pavo cuando ayer hablábamos lo que hablamos... ¿Cómo lo has hecho?
-¿Cómo?... A lluego te lo explico. Ahora, lo más importante es, que, ya que has venido..., que te lleves el pavo ascondío en tu chaqueta por ande no te puá ver naide, y te lo lleves a angún sitio en el que esté bien juardao. A la noche lo pelamos y nos lo comemos lenjos de los emás. Yo gorveré a la casa como si ya lo hubiá enterrao, dentro de un ratico.
El otro segador obedeció, resignándose a esperar algún tiempo para el desvelo del truco que había usado su compañero. Tomó el pavo, liándolo en su chaqueta de pelcar, y se dirigió hacia el caserío dando un amplio rodeo. Al rato, el murciano también fue hacia allí, éste derechamente, tras fumarse un pito liado.

* * *

Cuando, a la noche, el resto del peonaje dormía o bailaba al son flamenco de las guitarras, después de su insulsa cena de pan, cena de la que así mismo habían participado el murciano y su amigo, éstos se encontraban bien lejos, sentados junto a una fogata observando el burbujear del agua que hervía en un balde de metal abollado y con algunas pérdidas en sus juntas.
-Bueno, cuéntame ahora cómo lo has hecho -le pidió al murciano el otro.
-Ahora, ahora...; no tengas priesas.
No reveló su secreto el de Murcia hasta que el ave no estuvo totalmente monda y lironda, tras hervir en el agua. Llegaba el momento de partir religiosamente el pavo; ambos tenían mujer e hijos que alimentar, y aquella carne les vendría como una bendición celestial.
-Bueno, querías saber cómo lo he hecho... Pues ahora verás -sacó una navaja albaceteña, de cinco muelles o esclates solamente, y cercenó el cuello del ave después de de habérselo tanteado, eligiendo el lugar para realizar el corte. Tomó algo entre el pulgar y el índice de la mano derecha y se lo mostró a su colega.
-Mira.
-¿Qué es eso? -cogió aquello el compañero sin entender todavía. Lo que fuera, tenía jirones de la carne y sangre del pavo-. ¡Ay!, ¡me ha pinchado!
-Claro, te ha picado -rio el murciano-; ése es el bicho que causa la enfermedad del alfilerillo.
El otro lo miró ahora detenidamente, limpiándolo a conciencia.
-Un alfiler... pinchado en un grano... de panizo -se dijo lentamente el peón- ¿...? ¡Ahora lo comprendo!... ¡Ja, ja, ja! ¡El alfilerillo!... ¡Ja, ja, ja..., pobre patrón!... ¡Qué tonto!... ¡Ja, ja, ja! ¡El virus del alfilerillo!...
Las risas y carcajadas de los dos hombres se estuvieron escuchando durante mucho tiempo en la clara noche estrellada del estiaje caduco.

* * *

No fue aquélla la única ocasión en que el virus del alfilerillo causó estragos entre el averío de la hacienda: dos días más tarde actuaba de nuevo. Y sobre una media de dos días más o menos, tornaba a caer una nueva ave víctima de tal enfermedad ignota. El patrón no disponía de tiempo para hacer que se personase un veterinario para ver si se podía hacer algo para cortar aquella lenta matanza en sus animales de corral. No fue preciso al cabo: la siega terminó y los peones inmigrantes camperos se marcharon hacia otros lares; la epidemia del alfilerillo se acabó al irse ellos. El patrón suspiró cuando observó que ya no se registraban nuevas muertes, y pensó: Si ya lo decía yo, que esa gente trae todas las enfermedades consigo.
Dos carretas, dos familias, se despedían en un cruce de caminos. Un cabeza de familia alababa el ingenio y la picardía del otro. Por algo murciar viene de Murcia.

Fin

*
Obra de José Ruiz DelAmor
Este cuento fue premiado con el Accésit en el Certamen Literario de Bargas (Toledo) 2008
Publicado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Bargas
*
***
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miércoles, 27 de julio de 2011

EL DESCARRILAMIENTO

EL DESCARRILAMIENTO

Atraviesa el corazón del cerro
sobre largos patines de hierro.

El tren.
(Adivinanza)

Aquella mañana, de tempranera sonó la albolada del campanario, de todas las iglesias
de la villa, saludando a la fiesta solemne; era Pascua Florida. El sol chorreaba de luz los
muros calinos mates de las vetustas casejas del pueblo, alzamientos de persianas en
invitación; los pardales piaban alegres saltando sobre el flequillo de los tejados,
bostezos primeros del día; las hojas se sacuden las lágrimas derramadas por el relente de
la noche, llanto de parto del nuevo amanecer… Un día como otro cualquiera. El día de
San Sebastián, día de la mona de Pascua u hornazo: un huevo duro centrado, plantado
sobre una torta de harina cocida endulcorada… Un día.
En este día, casi todos los habitantes del pueblo salen en grupos vecinales, más o
menos numerosos, diseminándose por los contornos montuosos más próximos como
una plaga nubosa de langostas. Salen de gira. La Peñarrubia y el Túnel –férreo- son los
lugares más usualmente celebrados. A estos lugares, nosotros, mi familia, todos los años
vamos.
En las cestas reposan las monas de Pascua. Los niños reposamos un poco, antes de
comenzar la expedición concienzuda del terreno, pues el azagón de 3 kms. así lo
aconseja por mandato de nuestros padres. Ya listos todos los chicos del asentamiento
interino, puestos de acuerdo, partimos siguiendo el curso del río. Chistes y canciones
hacen ameno el camino desparejo, incómodo y abrupto.
A lo lejos, el puente de hierro se espatarra sobre el lecho del río, apoyando sus pies
en ambas riberas del río Argos, el los mil ojos, que dicen las leyendas griegas que era el
vigilante olímpico. Hasta él nos llegaremos si el tiempo no lo impide.
Agarbanzados los brotes de albaricoque, los almendros en granazón. Los ababoles
surtían entre las hierbas de los bancales. Hacia la parte del monte que lame al río, un
almendreral donde crecen la alhábega y la alhucema en profusa cantidad nos dirigimos
resueltamente.
El Puente de Hierro está sobre nosotros. Nos encarruchamos a lo alto del monte,
sabiendo que su corazón está hueco, perforado por el túnel del tren…, por el que pasa el
tren. Arriba se ve a flor de tierra un yacimiento mineral muy escaso; sólo dos conocidos,
aquí, en Cehegín, y otro en el Canadá. Este es escaso en mineral y de belleza no
destacable, pero junto a la carretera de Cehegín a Caravaca, o viceversa –en realidad la
carretera cruza, parte al yacimiento por el medio-, se encuentra otro de gran perfección
en los cristales únicos de este raro mineral del cual silenciaré el nombre.
Abocada la Peña Rubia hacia el ferrocarril, saludaba su paso con vibraciones
menudas de sus rocas de duro granito más sueltas. Sembrada la ladera de
desprendimientos.
Y merendamos. Y luego, los niños buscamos alacraneras levantando las piedras, y
víboras, y lo que fuera. Niños, ni se os ocurra acercaros al túnel, y no os vayáis muy
lejos. Sin decirlo, sabíamos que en caso de no obedecer entraría en juego el manejo
hábil materno de la zapatilla.
Vamos por aquí, dando una rodea, que no nos verá nadie. Nos la vamos a cargar.
Quien no venga, que sea un rajao, por lo menos que no vaya a tener la mala leche de
chivarse a nuestras madres encima.
Y enfrente teníamos la boca oscura del largo –para nosotros- túnel, con un diminuto
punto de luz blanca al fondo, remoto. Fue mi primera prueba de valor. Se asemejaba a
un gran alcabor sin horno, por lo negro y tiznado de su corazón. Nos asomamos al
boterno, al boquerón del túnel, sin atrevernos a penetrar en su penumbra, no por miedo
a la oscuridad reinante, sino por el respeto de obediencia hacia nuestras madres. Pero
las reglas se hicieron para romperse –hecha la ley, hecha la trampa-, y al poco nos
encontrábamos caminando en equilibrio por encima de los ráiles (aún no es hora de que
pase ningún tren, qué nos puede pasar) viendo cómo la boca de luz a unos 300 metros o
así se agrandaba paulatinamente, primero imperceptible y luego de manera evidente,
hasta que abocamos a la salida o entrada o puesta, según se mire. Recorrimos varias
veces el trayecto del túnel intentando vislumbrar en las escasas posibilidades un medio
de esparcimiento. Los huecos abiertos en las paredes para la salvaguardia de las
personas a las que les pillara el tren mientras estaban cruzando a través de él, con su
funerario aspecto y velado negror, causaban temor y desasosiego en nuestras
desamparadas cabezas.
No recuerdo de quién partió la idea; igual pude ser yo mismamente. Por qué no
ponemos un montón de piedras en medio de la vía para que descarrile el siguiente tren
que venga… Ni cómo fue secundada la criminal ocurrencia. No podemos hacer eso,
sería un asesinato. Y a sangre fría. Sí, y de mucha gente. Nadie se va a enterar. Es un
disparate, tú. Quien no tenga redaños que lo diga y se vaya… Tú estás loco. Quién se va
a enterar de lo que hagamos.
Insultos de parte de quien desea perpetrar el acto, justificaciones de moral para quien
se ve tachado de cobarde…
Se haría. Elegimos una piedra de tamaño algo mayor que uno de nuestros puños. Tan
pequeña, pasará totalmente desapercibida. La colocamos sobre uno de los rieles de la
vía, la cubrimos con un puñado de broza como llegada allí debido al arrastre del viento
para que no fuese vista la roca por el maquinista de la locomotora –toda precaución era
poca-, y nos volvimos con nuestros familiares. Dónde habéis estado; seguro que han ido
al túnel de la vía. A saber qué habrán hecho de malo estos belitres del demonio.
Una hora más tarde ya estábamos todos los grupos familiares campestres en camino
de regreso al pueblo, hacia Cehegín. Entonces se escuchó el pitido del tren que
habíamos estado esperando oír en el corazón de nuesrtas conciencias culpables, el tren
de las seis de la tarde al acercarse al Puente de Hierro, cuando nos hallábamos a un par
de kilómetros de distancia de la carretera de hierro. Los niños, no todos, algunos, nos
miramos cómplicemente y volvimos la vista atrás siguiendo con la mirada el curso del
río Argos corriente arriba. El tran ¡de pasajeros además! Cruzó el puente y penetró, se
veía en la lejanía, inmediatamente en el túnel. A la salida de él, al otro lado del monte, a
unos doscientos metros le aguardaba nuestra trampa mortal Sabíamos que con la
oscuridad no sería vista nuestra piedra hasta ser demasiado tarde. Niños, no os quedéis
atrás y tirar para adelante. Seguimos andando.
Para todos, la noche fue una pesadilla poblada por los gritos y llantos de los viajeros
de aquel tren de la muerte, sepultos sus cadáveres entre los restos de los destrozados
vagones.
Amaneció un nuevo día y cada uno de nosotros, los chiquillos, hicimos por buscar al
resto de los involucrado en el crimen en cuanto nos fue posible, recabando noticias
sobre el “accidente” ferroviario del día anterior. Parecía mentira de todas todas, nadie
había escuchado nada al respecto. Era raro. Qué hacer…
Tras comer a mediodía desganadamente, nos reunimos todo el grupo y resolvimos
unánimemente (la conciencia nos atosigaba por igual) regresar esa misma tarde al túnel
para verificar si hubo o no accidente. El criminal siempre regresa tarde o temprano al
lugar del delito.
Cuando fuimos en la vía de nuevo, todo mostraba un aspecto de lo más normal: no
había piedra alguna sobre los rieles (era de esperar), pero tampoco tren volcado. Me
imaginé a la poderosa locomotora ajorrando nuestro pobre obstáculo fuera de la vía.
Seguro que alguien ha pasado por aquí después de irnos ayer nosotros y nos ha quitado
la piedra. Tal vez. Mejor así.
Nos fuimos, a ninguno se le ocurrió volver (en lo que yo sé, jamás en toda su vida) a
colocar una nueva piedra en las vías del tren ni para partir un piñón tan siquiera. Ni a mí
tampoco.


Fin

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Obra de José Ruiz DelAmor

viernes, 15 de julio de 2011

EL PEINE


EL PEINE


Ocaña y Doña María son dos pequeñas poblaciones del oriente almeriense, distantes entre sí tan sólo 1 kilómetro… con algunos pasos de más o de menos; ambas aldeas, aproximadamente 400 almas vivas ayuntan entre las dos, dependen territorialmente del cercano municipio de Abla. Pues bien, hace muchos años, cuando el esparto era una industria floreciente y ambos pueblos se dedicaban a tal menester, amén de otras faenas hortícolas de menor relieve, no disponían entre las dos comunidades más que de un peine para cepillar el esparto; peine que utilizaban unos y otros según la necesidad del momento. Así, era habitual que no se encontrase el peine en uno de los dos pueblos cuando a un ciudadano le era preciso.

-¿Dónde está el peine? –preguntaban en Ocaña.

-Lo tienen los de Doña María.

-¿Dónde está el peine? –se decían los esparteros de Doña María.

-Lo tienen en Ocaña.

Con el paso del tiempo, tras la muerte del negocio atochero, esta pregunta quedó como una burla hiriente, recordatorio de pasadas épocas, burla que les inferían los habitantes de Abla, Fiñana…, y otras localidades próximas; burla hiriente por la pobreza que en sí denotaba y en que cayeron estas aldeas posteriormente. Doña María dejó atrás, merced al caso omiso, este sambenito; pero en Ocaña, aun hoy, si no se desea arriesgar uno a contender en una reyerta, hasta posiblemente sangrienta, es mejor no preguntar, aunque se le haya perdido realmente su peine para el cabello ¿dónde está el peine? ni en broma.

Pues ya lo saben: lo tienen los de Ocaña.

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José Ruiz DelAmor
Doña María (Almería) setiembre 1987
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miércoles, 13 de julio de 2011

EL ASIENTO

EL ASIENTO

Fue en un autobús urbano de los que recorren a diario las calles de la capital de la comunidad autónoma de Castilla y León. Un bus abarrotado hasta los topes. Varias personas de avanzada edad van de pie al no disponer de un asiento libre. Asido a la barra metálica pendiente del techo, trato de ocupar el menor espacio posible, en un intento imposible por ampliar la capacidad de aforo. Cerca de mí queda expedito un asiento: su ocupante se apeará en la próxima parada. Miro a mi alrededor.

-Señora... por favor- invito a sentarse a una anciana acompasando la acción con un gesto de la mano.

La mujer no logra acceder a depositar sus posaderas, un hombre joven se adelanta con rapidez a mi espalda y lo ocupa con glotonería y desparpajo.

-Oiga, ese asiento debe ocuparlo una persona con dificultades para mentener el equilibrio; y ése no es su caso.

-Eso a mí me la suda. A ver quién es el guapo que me echa del asiento -responde el pollo con altanería de chuleta.

Muevo los brazos para asirle por la pechera y alzarle a la fuerza, pero la mujer me toca blandamente por atrás con tal convicción que me detiene.

-Déjelo, no vale la pena.

Tiene razón. Desisto.

-Es usted una escoria.

No le importan al hombre joven los insultos que le dirigen otros viajeros, tiene aquello que deseaba.

Y tiene una mala educación... de la que hace una gala aberrante. Un hijo de puta como tantos que pululan, demasiados, por esta ciudad.


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Obra de José Ruiz DelAmor
De "Crónica Negra de Pucela"
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sábado, 2 de julio de 2011

LAS CUCARACHAS


LAS CUCARACHAS

Era de noche. Noche avanzada. Caminaba por la acera de la izquierda yendo hacia las Delicias, por la avenida Segovia. Llegando casi a la plaza del Carmen, justo antes de alcanzar al BBVA de la esquina, mis zapatos pisan algo que suena como a cáscaras de guisantes secas. Olvidaba mencionar que estábamos en pleno mes de agosto y hacía un calor infernal, incluso siendo de noche. Miré hacia el suelo y lo vi cubierto de bulliciosos puntos negros. Se movían erráticamente, posiblemente asustados por mi intromisión. Eran cucarachas de buen tamaño. Yo nunca había visto tantas en tan escasa porción de terreno. Tuve un pasajero ataque de fobia, que pronto fue superado, afortunadamente. Salían de lo que parecía un almacén o garaje, desfilando por debajo de la puerta de persiana en una cadencia incesante. Me alejé de allí con la naúsea golpeando en mi abdomen.

Yo ya sabía que aquéllas no eran las más repugnantes cucarachas que uno podía encontrarse en Valladolid.



El cerezo odiaba cuatro cosas de la casa (...), y sobre todo un calendario de cartón repujado, festoneado con una nube de color rosa-Valladolid y con un dibujo de cisnes y jardines en el centro, como el último (...)

Industrias y Andanzas de Alfanhuí, Rafael Sánchez Ferlosio. Capítulo XI: Donde el maestro cuenta la historia de la silla del cerezo y de la primera industria que con el castaño se hizo.

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