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martes, 27 de diciembre de 2011

CUESTIÓN DE CANTIDAD


*
CUESTIÓN DE CANTIDAD

Un hombre penetró en el bar.

-Dame un poco de agua en una botella que no te sirva, muchacho. Es para echársela al coche -se dirigió exigente al camarero.

La inexacta explicación le fue suficiente al barman; le llenó una botella y se la colocó al alcance de la mano al otro. La cosa no acababa ahí.

-¿Por qué me la has llenado de agua, si te he pedido sólo un poco?...

El individuo, sin tocar la botella, se regodeaba con su amonestación irrefutable.

-Perdone, creí que era para el radiador -dijo el camarero, y vació la mitad del agua que contenía la botella. Volvió a situar la botella sobre el mostrador.

-¿Está bien así?

Los ojos del hombre bailaban en las órbitas con gozo maligno.

-No, porque como es para el radiador del coche, la necesito llena. Y puede que aun así no sea suficiente.

-Y por qué no la ha tomado cuando estaba llena -replicó, ya harto de tanta estupidez, el de la barra.

-Es para que aprendas a darle a la gente lo que te pida; ni más, ni menos.

-Bien, usted a pedido un poco de agua, ¿no?

-Eso es.

-¿Y qué dígito, qué cifra, qué cantidad numérica es para usted “un poco” de agua, señor?

La sonrisa se le esfumó al sujeto.

-No te hagas el listo conmigo, muchacho. Y ten más respeto con la clientela si no te quieres ver en problemas -amenazó descaradamente.

-Pero si usted es la primera vez que entra en este local, y no precisamente para consumir... Que a la vista está.

-Y menos que voy a consumir a partir de hoy. ¡Si será maleducado el muerto de hambre éste!

El cliente, pinciano de clase obrera, violento, salió del local con la botella de agua en la mano. No retornaría el casco.

Pasar más hambre que el lagarto de Jaén.
(Dicho de Valladolid)
*
Obra de José Ruiz DelAmor
De "Crónica Negra de Pucela"
*
***
*

jueves, 22 de diciembre de 2011

LA IDENTIDAD

LA IDENTIDAD

-Me enteré de tus andanzas y avatares escuchando Radio Almenara.

-Sí, es lo malo que tiene el ser un personaje público: tarde o temprano todo acaba

siendo publicado. Público, publicado... Por cierto, ¿por qué utilizas palabras como esas:

andanzas y avatares?...

-Es que estoy leyendo novelas de caballería, como El Quijote, y se me han pegado

algunas de sus expresiones lingüísticas.

-Bueno, podría ser peor.

-¿Qué quieres decir?

-Pues que podrías haber estado leyendo obras jurídicas, y se te habría pegado algo

del lenguaje forense, lo cual habría sido bastante molesto para mí.

-Sí, claro, como tú acabas de salir de prisión por lo de Marbella.

-Sí, por eso lo digo. Uno ya está harto de tanto oír hablar palabras arcaicas en

desuso. Hasta los mismísimos...

-Lo comprendo, siento habértelo recordado.

-No pasa nada, hostias, a todo se acostumbra uno.

-Ya, pero los periodistas no te dejarán en paz.

-Eso sí que es malo, no puedes moverte por ninguna parte sin que te echen sus

cámaras fotográficas a la cara, ¡los muy buitres!

-Y ahora qué harás.

-Tratar de vivir poco a poco... el tiempo que me quede.

-¿No le echaste cuento a lo de tu enfermedad en la cárcel?

-Bueno, algo sí, pero también es verdad que no gozo de buena salud. ¿Para qué

contar?..., cosas de cada uno.

-Por lo menos ella no te ha dejado de lado, ¿verdad?

-Sí, esa es mi fortuna, me sigue siendo fiel, la santa. Es mi consuelo.

-Algo te queda. Y algo te quedará de lo que te llevaste, ¿no?

-¿Llevarme yo?... ¡Que yo no he cogío ná que no fuá mío!... ¡A ver si to`l mundo

s`entera, cojones!... Si te doy una hostia te desparramo los sesos, capullo. Serás pedazo

de imbécil, desgraciao... ¿Y tú eres un amigo?... ¿Tú eres amigo mío?...Tú eres un hijo

de la gran puta, cabrón de mierda.

-Perdona, Julián... ¡Coño, cómo te pones enseguida por nada!

-¿Por nada? ¿Por nada?... Gilipollas, si tú tuvieses que pasar lo que yo he pasao te

ibas a enterar de lo que es bueno, mamón.

-Bueno, me voy, te dejo, que parece que no tienes un buen día. Adiós.

-Sí, vete, subnormal de los huevos, ve a que te den por el culo, maricón de playa.

¡Habrase visto el infeliz!...

La tormenta fue amainando. El hombre es bueno, los hombres son malos; y dos son

ya una multitud.
*
Obra de José Ruiz DelAmor

viernes, 28 de octubre de 2011

CHEPELE

¿CHE PELE?
(origen de un apodo)
*
Ellos ni tienen dinero
Aunque trabajan en bancos,
Giran al día muchas letras
Y abren cuentas a diario.
Los párvulos
*
-¿Che pele?
-Pasa, pasa –concedió como siempre casi riendo la maestra al niño que aguardaba junto a la puerta entreabierta del aula, la cartera colegial en la mano derecha, hasta obtener permiso para franquear la entrada al aula -…, y ven aquí-. El chiquillo se aproxima con nerviosismo de culpabilidad-.
Vamos a ver, Juanito… ¿Cómo te llamas?
-Juanito…
-El nombre completo. Eso ya lo he dicho yo.
Risas de los alumnos, que le dan fuerza al motivo de ellas.
-¡Chiss…! Niños, silencio.
-Juan Fernández García, para servir a Dios y a usted –se extirpó de la garganta sin titubeos el niño.
-Bien. Y si puedes decir bien tu nombre ¿por qué no eres capaz de decir “se puede” en vez de “che pele”?... Venga, esfuérzate, di se puede.
-Se… se pue-de… -logró pronunciar el chiquillo con visible esfuerzo sobrehumano.
-Muy bien, Juanito… A ver si no se te olvida. Siéntate, anda.
Mientras Juanito toma asiento entre las risas ahogadas de sus colegas, la profesora comienza la clase de parvulario.
-Bien, niños; hoy vamos a estudiar la letra “ele”. Abrir la cartilla por la página que lleva dibujada un lápiz.
Y al poco, el incidente con Juanito queda una vez más olvidado por todos. Salvo quizá por Juanito.
***
Ha pasado algún tiempo y Juanito llega tarde de nuevo, algo bastante habitual en todos los niños normales. Tras tocar suave la madera con sus menudos nudillos, abre la puerta, dejándola entornada, y pasa al interior del aula, al umbral.
-¿Che pele?
-¡Pero… Juanito!... Yo creía que ya sabías decir “se puede” y que no volverías a hablar tan mal… Pasa, pasa; no tienes remedio.
La señorita se sentía desalentada ante tan insólito caso sintáctico.
Los compañeros de aula de Juanito le gastaban bromas inocentes, burlándose de su frase de permiso con el simple acto de remedarla, y le apodaron como “el Chepele”, sobrenombre que arrastraría durante el resto de sus días el muchacho.
*
Finalizaba el año escolar, cuando un buen día en que Juanito llegaba tarde, cosa corriente en él, sorprendió a maestra y alumnado, colegas suyos. Con clara voz y timble correcto, como si lo dijese bien de toda la vida, dijo:
-¿Señorita, se puede?
Con gran contento inicial para la maestra, nunca más se volvió a escuchar la confusa frase habitual en los labios de Juanito.
Desde aquel día, la señorita, la “seño”, siente que le han quitado algo a su clase de parvulario.
*
Obra de José Ruiz DelAmor
*
***
*

miércoles, 27 de julio de 2011

EL DESCARRILAMIENTO

EL DESCARRILAMIENTO

Atraviesa el corazón del cerro
sobre largos patines de hierro.

El tren.
(Adivinanza)

Aquella mañana, de tempranera sonó la albolada del campanario, de todas las iglesias
de la villa, saludando a la fiesta solemne; era Pascua Florida. El sol chorreaba de luz los
muros calinos mates de las vetustas casejas del pueblo, alzamientos de persianas en
invitación; los pardales piaban alegres saltando sobre el flequillo de los tejados,
bostezos primeros del día; las hojas se sacuden las lágrimas derramadas por el relente de
la noche, llanto de parto del nuevo amanecer… Un día como otro cualquiera. El día de
San Sebastián, día de la mona de Pascua u hornazo: un huevo duro centrado, plantado
sobre una torta de harina cocida endulcorada… Un día.
En este día, casi todos los habitantes del pueblo salen en grupos vecinales, más o
menos numerosos, diseminándose por los contornos montuosos más próximos como
una plaga nubosa de langostas. Salen de gira. La Peñarrubia y el Túnel –férreo- son los
lugares más usualmente celebrados. A estos lugares, nosotros, mi familia, todos los años
vamos.
En las cestas reposan las monas de Pascua. Los niños reposamos un poco, antes de
comenzar la expedición concienzuda del terreno, pues el azagón de 3 kms. así lo
aconseja por mandato de nuestros padres. Ya listos todos los chicos del asentamiento
interino, puestos de acuerdo, partimos siguiendo el curso del río. Chistes y canciones
hacen ameno el camino desparejo, incómodo y abrupto.
A lo lejos, el puente de hierro se espatarra sobre el lecho del río, apoyando sus pies
en ambas riberas del río Argos, el los mil ojos, que dicen las leyendas griegas que era el
vigilante olímpico. Hasta él nos llegaremos si el tiempo no lo impide.
Agarbanzados los brotes de albaricoque, los almendros en granazón. Los ababoles
surtían entre las hierbas de los bancales. Hacia la parte del monte que lame al río, un
almendreral donde crecen la alhábega y la alhucema en profusa cantidad nos dirigimos
resueltamente.
El Puente de Hierro está sobre nosotros. Nos encarruchamos a lo alto del monte,
sabiendo que su corazón está hueco, perforado por el túnel del tren…, por el que pasa el
tren. Arriba se ve a flor de tierra un yacimiento mineral muy escaso; sólo dos conocidos,
aquí, en Cehegín, y otro en el Canadá. Este es escaso en mineral y de belleza no
destacable, pero junto a la carretera de Cehegín a Caravaca, o viceversa –en realidad la
carretera cruza, parte al yacimiento por el medio-, se encuentra otro de gran perfección
en los cristales únicos de este raro mineral del cual silenciaré el nombre.
Abocada la Peña Rubia hacia el ferrocarril, saludaba su paso con vibraciones
menudas de sus rocas de duro granito más sueltas. Sembrada la ladera de
desprendimientos.
Y merendamos. Y luego, los niños buscamos alacraneras levantando las piedras, y
víboras, y lo que fuera. Niños, ni se os ocurra acercaros al túnel, y no os vayáis muy
lejos. Sin decirlo, sabíamos que en caso de no obedecer entraría en juego el manejo
hábil materno de la zapatilla.
Vamos por aquí, dando una rodea, que no nos verá nadie. Nos la vamos a cargar.
Quien no venga, que sea un rajao, por lo menos que no vaya a tener la mala leche de
chivarse a nuestras madres encima.
Y enfrente teníamos la boca oscura del largo –para nosotros- túnel, con un diminuto
punto de luz blanca al fondo, remoto. Fue mi primera prueba de valor. Se asemejaba a
un gran alcabor sin horno, por lo negro y tiznado de su corazón. Nos asomamos al
boterno, al boquerón del túnel, sin atrevernos a penetrar en su penumbra, no por miedo
a la oscuridad reinante, sino por el respeto de obediencia hacia nuestras madres. Pero
las reglas se hicieron para romperse –hecha la ley, hecha la trampa-, y al poco nos
encontrábamos caminando en equilibrio por encima de los ráiles (aún no es hora de que
pase ningún tren, qué nos puede pasar) viendo cómo la boca de luz a unos 300 metros o
así se agrandaba paulatinamente, primero imperceptible y luego de manera evidente,
hasta que abocamos a la salida o entrada o puesta, según se mire. Recorrimos varias
veces el trayecto del túnel intentando vislumbrar en las escasas posibilidades un medio
de esparcimiento. Los huecos abiertos en las paredes para la salvaguardia de las
personas a las que les pillara el tren mientras estaban cruzando a través de él, con su
funerario aspecto y velado negror, causaban temor y desasosiego en nuestras
desamparadas cabezas.
No recuerdo de quién partió la idea; igual pude ser yo mismamente. Por qué no
ponemos un montón de piedras en medio de la vía para que descarrile el siguiente tren
que venga… Ni cómo fue secundada la criminal ocurrencia. No podemos hacer eso,
sería un asesinato. Y a sangre fría. Sí, y de mucha gente. Nadie se va a enterar. Es un
disparate, tú. Quien no tenga redaños que lo diga y se vaya… Tú estás loco. Quién se va
a enterar de lo que hagamos.
Insultos de parte de quien desea perpetrar el acto, justificaciones de moral para quien
se ve tachado de cobarde…
Se haría. Elegimos una piedra de tamaño algo mayor que uno de nuestros puños. Tan
pequeña, pasará totalmente desapercibida. La colocamos sobre uno de los rieles de la
vía, la cubrimos con un puñado de broza como llegada allí debido al arrastre del viento
para que no fuese vista la roca por el maquinista de la locomotora –toda precaución era
poca-, y nos volvimos con nuestros familiares. Dónde habéis estado; seguro que han ido
al túnel de la vía. A saber qué habrán hecho de malo estos belitres del demonio.
Una hora más tarde ya estábamos todos los grupos familiares campestres en camino
de regreso al pueblo, hacia Cehegín. Entonces se escuchó el pitido del tren que
habíamos estado esperando oír en el corazón de nuesrtas conciencias culpables, el tren
de las seis de la tarde al acercarse al Puente de Hierro, cuando nos hallábamos a un par
de kilómetros de distancia de la carretera de hierro. Los niños, no todos, algunos, nos
miramos cómplicemente y volvimos la vista atrás siguiendo con la mirada el curso del
río Argos corriente arriba. El tran ¡de pasajeros además! Cruzó el puente y penetró, se
veía en la lejanía, inmediatamente en el túnel. A la salida de él, al otro lado del monte, a
unos doscientos metros le aguardaba nuestra trampa mortal Sabíamos que con la
oscuridad no sería vista nuestra piedra hasta ser demasiado tarde. Niños, no os quedéis
atrás y tirar para adelante. Seguimos andando.
Para todos, la noche fue una pesadilla poblada por los gritos y llantos de los viajeros
de aquel tren de la muerte, sepultos sus cadáveres entre los restos de los destrozados
vagones.
Amaneció un nuevo día y cada uno de nosotros, los chiquillos, hicimos por buscar al
resto de los involucrado en el crimen en cuanto nos fue posible, recabando noticias
sobre el “accidente” ferroviario del día anterior. Parecía mentira de todas todas, nadie
había escuchado nada al respecto. Era raro. Qué hacer…
Tras comer a mediodía desganadamente, nos reunimos todo el grupo y resolvimos
unánimemente (la conciencia nos atosigaba por igual) regresar esa misma tarde al túnel
para verificar si hubo o no accidente. El criminal siempre regresa tarde o temprano al
lugar del delito.
Cuando fuimos en la vía de nuevo, todo mostraba un aspecto de lo más normal: no
había piedra alguna sobre los rieles (era de esperar), pero tampoco tren volcado. Me
imaginé a la poderosa locomotora ajorrando nuestro pobre obstáculo fuera de la vía.
Seguro que alguien ha pasado por aquí después de irnos ayer nosotros y nos ha quitado
la piedra. Tal vez. Mejor así.
Nos fuimos, a ninguno se le ocurrió volver (en lo que yo sé, jamás en toda su vida) a
colocar una nueva piedra en las vías del tren ni para partir un piñón tan siquiera. Ni a mí
tampoco.


Fin

*
Obra de José Ruiz DelAmor

martes, 26 de julio de 2011

EL SALTO

EL SALTO





Corre, corre, caballito,

corre por la carretera...





Tan sólo hacía una hora que se habían clausurado las fiestas locales de la pequeña población

montañesa. Toda la masa pobladora masculina, menores de edad aparte, se encontraba en el interior

del único salón de la ciudad buscando retrasar el cierre de la diversión; nadie deseaba volver al día

siguiente a la monotonía de la rutina diaria laboral. En el salón estaban siendo festejados por medio

de calurosas felicitaciones y brindis, acompañado todo ello por alguna que otra invitación,

unilateral o recíproca, a los vencedores en los diferentes concursos celebrados, alma y corazón de

las fiestas: tiro al blanco con carabina, carrera de caballos de media milla alrededor del pueblo con

la eliminación del último participante en traspasar la línea de meta a cada vuelta, lanzamiento de

piedra, salto de longitud con caballo, partición de troncos, etc...

De todos los héroes efímeros, ya que su fama se extinguiría en escasos días, serían olvidados, el

más celebrado y felicitado, no tanto por él mismo en sí, sino por su montura, era el ganador de

todos los concursos destinados a probar la habilidad de jinetes y cabalgaduras. Él había vencido en

la carrera de caballos, en el salto de longitud, en el salto de vallas... Era un forastero. Y, como era

lógico, estaba exultante de orgullo por sus victorias, no tanto por la cuantía de los premios


monetarios, más bien parca, como por la fama y gloria de que podía hacer gala con todo derecho;

su engreimiento estaba siendo exacerbado por la adulación admirativa de que era objeto.

-¡Vaya caballo el suyo, amigo; jamás había visto nada igual en toda mi vida!

-¡Y el jinete, que tampoco es manco!

Todos le dirigían comentarios por el estilo, palmeando las anchas espaldas del triunfador,

buscando un acercamiento momentáneo a la gloria.

-¡Cómo saltaba el caballo de usted, señor! ¡Qué alturas alcanzaba!

En medio de tanto elogio, alguien hizo un punto de inflexión al apuntar:

-Claro, que no creo que pudiese saltar el Barranco del Muerto. No, eso sí que no.

A pesar de ser emitida esta opinión particular en pleno barullo reinante, como quiera que fuese,

el jinete vencedor, el dueño del alazán ganador, lo oyó nítidamente.

-¿Qué es eso del Barranco del Muerto? -preguntó a los más próximos a él. Y ante tal pregunta,

paseándose la gravedad de unos a otros, todos los presentes en el salón acabaron enmudeciendo.

Un denso silencio se adueñó de toda la estancia, los más lejanos sin saber a qué era debido.

El forastero volvió a preguntar:

-¿Qué es eso del Barranco del Muerto?... ¿Quién ha dicho que mi caballo no es capaz de

saltarlo?...

Era harto difícil que nadie indicase con certeza la procedencia correcta de tal afirmante a no ser

que quien emitió la opinión se indentificase a sí mismo, pero cuando menos era cortesía obligada el

dar información cumplida del meollo principal del asunto. Uno trató de restarle importancia a la

cosa diciéndole a Calvin, que así se hacía llamar el forastero, nombre que todos conocían ya que

había sido repetido cada vez que le fuera otorgado un nuevo premio en los concursos ecuestres:

-No haga caso de esas palabras, se trata sólo de una leyenda de por aquí.

Pero el tal Calvin andaba dolido en su orgullo y no le satisfizo la explicación aunque sonara a

disculpa.

-Muy bien, cuéntemela -ordenó más que pidió el relato de la supuesta leyenda.

-Si no es nada -empezó a decir el anterior, un sexagenario bien trajeado, lo cual no indicaba su

verdadera posición, al ser obligada la mejor gala durante las fiestas-, una tonta leyenda..., un caso

que se dice que pasó por aquí hace muchos años. Yo nunca le he prestado el menor crédito. -Y

calló.

Pero Calvin esperaba la narración de la leyenda y, sólo con la mirada airada, conminó al anciano

a contarla.

-Bueno, se la contaré; aunque cualquiera de los presentes podría hacerlo, igual o mejor que yo.

Verá, se dice dque hace algunos años, nadie sabe cuántos, un indio arapahoe se hizo cabecilla de

una partida de renegados y se lanzó a robar, violar y exterminar a las familias de blancos asentadas

en territorios apartados. Tal fue la ferocidad en las fechorías de estos indios, pocos por cierto, que

se hizo necesaria la intervención del ejército, dada la incompetencia de los colonos para unirse y

acabar ellos mismos con los indios malones. Los soldados dieron buena cuenta de ellos en un lugar

próximo a nuestra ciudad, irrumpiendo en su refugio montañés y pasándolos todos a cuchillo,

mejor a sable, menos al cabecilla, que logró escapar saltando con su caballo entre dos montañas.

-¡Pero, hombre... -interrumpió otro objetando-: si no se trata de dos montañas! Es la misma

montaña, que tiene un corte ancho y profundo en todo lo alto de la cima.

-Bueno, para el caso lo mismo da -volvió a retomar la palabra el primero-. La cuestión es que el

indio saltó a pelo los... por lo menos cinco metros que hay de lado a lado y ninguno de los soldados

de la Unión fue capaz de hacer lo mismo con sus caballos ensillados -remachó el sexagenario algo

ofendido por haber sido puesta en duda su capacidad narrativa.

-¿Y dónde dicen que está ese cortado de la montaña? -quiso saber más Calvin.

-Aquí mismo -señaló un joven hacia la calle como si el lugar se encontrase a dos cuadras del

pueblo-. A dos millas escasas.

-¿Y quién dice que mi caballo y yo no somos capaces de saltar esa grieta? -la pregunta en

realidad no iba dirigida a nadie por el momento-. ¿Alguien más piensa que mi caballo no es capaz

de hacer ese puñetero salto? ¡Que lo diga!

El silencio por parte de todos los presentes fue la respuesta que recibió, pero en el mismo parecía

quedar suspensa e implícita la desconfianza que sentían al respecto de sus posibilidades en salvar el

paso.

-Pues si hay alguien que tenga redaños, me apuesto todo lo que he ganado en los concursos con

quien quiera a que mi alazán logra dar ese salto como si tal cosa. No ha nacido caballo que haga

algo que el mío no pueda mejorar.

-Es una locura -advirtió el sexagenario-. Ni siquiera ha visto usted la grieta a saltar. Saltarla a

pelo -hizo hincapié en el detalle, que Calvin se había olvidado de reseñar- es muy peligroso; se

corre el riesgo de despeñarse. Y le aseguro por mi vida que quien cae por tal barranco no se salva

ni con la dispensa divina. ¡Habrá media legua de profundidad por lo menos! Tiene bien puesto el

nombre el maldito.

Estos argumentos no menoscababan el arrojo del forastero.

-Digo y repito, que si alguien cubre la apuesta de estos... No sé cuánto habrá... Mi caballo y yo

saltaremos el cochino barranco, a pelo, como el indio.

No hizo falta más que uno de los presentes cubriera 25 dólares de la apuesta total para que,

rápidamente, estuviese acordado y en marcha el asunto. En pocos minutos la noticia corrió como

reguero de pólvora por toda la población, formándose una enorme comitiva tras los apostantes,

todos camino al Barranco del Muerto; tanto así, que cerró hasta el salón, no queriendo perderse

nadie el evento; ni un alma quedó en el pueblo, todos, autoridades y ciudadanos, nativos y foráneos

se dirigieron hacia el consabido barranco.

Solamente cuando Calvin se encontró junto al corte rocoso que dividía a la montaña en dos

partes desiguales, mirando las entrañas profundas, hondísimas, más de lo que dijo el viejo, que se

abrían al través de la grieta cortada en vertical, sintió aprensión y arrepentimiento por su

precipitada decisión. Se injurió a sí mismo por permitir que su carácter alocado y bravucón se

impusiera a su razón. Siendo rocosos ambos lados del abismo, de piedra granítica, resbaladiza, le

iba a resultar harto difícil cruzar a salvo de un saltoo Y además, el hecho de tener que hacerlo a

pelo, suponía una dificultad añadida como para ponerle a uno los pelos de punta; si consideraba la

posibilidad de que su caballo se asustase en el momento crucial del brinco, el espectáculo se le

planteaba aterrador. Bien podría la apuesta resultarle fatal de necesidad.

Aunque con gesto adusto y cariacontecido, él ya sabía que su amor propio no le permitiría

reconocer su error. No era posible, pero sí probable, que si admitiese haberse equivocado al afirmar

que su caballo realizaría el salto, las gentes del lugar no tuviesen en cuenta la apuesta hecha y no

reclamasen el pago, pero eso quedaba en segundo término. Lo verdaderamente capital para él era,

que si renunciaba a saltar se le consideraría poco menos que un cobarde, y toda la gloria obtenida

en los concursos se convertiría en humo, pasando a ser un don nadie. Tenía que saltar. Estaba

resuelto; ni aun sabiendo que perdería la vida en el empeño daría marcha atrás. No obstante no

dejaba de hacerse interiormente reproches por verse metido en tan escabrosa coyuntura. ¿Quién le

había mandado a él meterse en tal berenjenal?... Nadie le había forzado a aceptar el reto, antes bien,

le instaron a hacer caso omiso de la tonta leyenda. Él sólo, sin ayuda de nadie, se había metido en

la boca del lobo por su mala cabeza.

Despojó a su montura de todo arreo, salvo la manta y las bridas, y le habló un rato largamente a

solas, animando al animal, transmitiéndole una confianza que él desde luego estaba muy lejos de

sentir; tranquilizándolo.

El lugar desde donde saltar no ofrecía mucha elección. Sólo era practicable el salto por un lugar,

siendo más ancho el abismo del Barranco del Muerto por cualquier otro punto elegido. Así pues,

no cabía la menor duda de por dónde cruzó el indio renegado huyendo de la persecución de los

yanquis. Calvin hubiera deseado ahora que aquel salvaje nunca hubiese logrado la proeza de cruzar

el abismo aquel.

Cuando consideró oportuno el momento, todo dispuesto por la escasez de necesarios

preparativos, montó en su cabalgadura bajo los atentos ojos de la población festiva, dispuestos

todos ellos a lo largo del borde del precipicio, dejando únicamente libre el sector por donde se

efectuaría el salto del caballo; eso sí, un sector amplio, para no estorbarle en su esfuerzo. No le

beneficiaría para nada el retardarlo ya que pensaba realizar el salto de todos modos, retrasarlo sólo

serviría para mermar su decisión y minar su valor. El expectáculo extra de los festejos, por lo

incierto del resultado, iba a resultar un más que digno colofón de fiestas.

Antes de espolear al caballo Calvin aún tuvo arrestos o presencia de ánimo suficientes para hacer

gala de su fanfarronería, pues el coraje le habría abandonado, pero pretendía no dejarlo traslucir.

Cualquier apariencia logra engañar, aunque sólo sea a uno mismo.

-Guárdeme bien el dinero de la apuesta -se dirigió al depositario de las cantidades monetarias-,

volveré por él enseguida.

Luego condujo a su fiel equino al punto que consideró más idóneo para las bien conocidas

facultades de su montura, desde el cual iniciar la galopada previa al salto. Echó un vistazo al gentío

dispuesto al borde de la grieta: le servirían como punto de referencia para apurar el terreno antes de

saltar; un vallado de hetereogéneo colorido, salpicado en sus almenas por algunas sombrillas

coloridas.

-Vamos, muchacho -le susurró el jinete al oído de su caballo-, no me vayas a dejar en mal lugar

ahora.

Acarició con suavidad, quizá excesiva por estar atenazados sus nervios por el temor, los flancos

del caballo con las espuelas y arrancaron ya al galope desde el mismo inicio. Poco le importaba al

jinete su estabilidad sobre el lomo desnudo, se mantenía bastante bien, no era la primera vez que

montaba a pelo. Tenía que conseguir que su caballo pasase al otro lado como fuese, y dejarse llevar

por el miedo no ayudaría.

El corto trecho hasta el borde del precipicio se cubrió rápidamente, apurando el terreno firme

disponible -bien el caballo, bien el jinete y bien ambos conjuntados- antes de efectuar el salto.

Mientras estaban en pleno vuelo, todos, público y participante, se apercibieron de que se alcanzaría

el borde opuesto. Así yo creyó intimamente Calvin. Y así fue. El alazán aterrizó sobre sus patas

delanteras medio metro más allá del abismo. Fue al hacer lo propio con los cuartos traseros cuando

sucedió el imprevisto: resbaló. Los cascos del animal patinaron por sobre la piedra de granito

alisado, y se hundió el cuerpo del centauro, cayendo peligrosamente hacia atrás. Las patas del

bruto, las traseras en todo momento, batieron en el vacío hasta hallar una de ellas la roca sólida y,

entre corcovos inverosímiles, con un arqueo corporal imposible que sacó al jinete de su asiento,

logró colocarse en terreno seguro sobre sus cuatro poderosas patas ahora.

Un clamor de admiración, de sorpresa, de susto, de expectación, de... surgió de las bocas de los

presentes.

-Vaya, tenía razón el muchacho -comentó inmediatamente el sexagenario que le narrara a Calvin

la leyenda del Barranco del Muerto-. Su caballo saltó, tal como él dijo.

No se escuchaban aplausos.

-Sí -opinó otro, éste mirando hacia el fondo del abismo a pesar de resultar imposible ver nada en

sus profundidades-, lástima que él no haya tenido la misma suerte.

Lo mismo hacían, mirar al abismo, la mayoría de las personas diseminadas a lo largo del

precipicio; todos hacían caso omiso al alazán, resoplante al otro lardo de la grieta.

-¿Qué hacemos? -preguntó el capellán de la iglesia baptista-. ¿Bajamos para recuperar su cuerpo

y ofrecerle sagrada sepultura?

El ministro de Dios era nuevo en la localidad e ignoraba la imposibilidad de tal acción.

-Échele su responso desde aquí si así lo desea, pater; ésta será su eterna tumba -decidió otro. Y

abriendo los brazos como deseando abarcar toda la montaña, añadió-: Nadie podría desear morir

con tanta grandeza como éste. Ni a los faraones egipcios se les enterraba en pirámides de semejante

altura.

Y tras esta comparación funeraria, todos regresaron camino al pueblo nuevamente; el

espectáculo había terminado. Y también las fiestas; salvo el baile final y los fuegos artificiales

como punto final. Lástima por el forastero, se los perdería. Alguien iría a hacerse cargo del caballo

más tarde. Se hacían comentarios diversos sobre lo sucedido, pero poco dignos de atención. Quizá

el más destacado fuera el que sigue:

-Por lo menos nos ha dejado su caballo, que es un buen semental sin duda -dijo uno, como no,

ranchero.

-Y el dinero. No te olvides del dinero -puntualizó un segundo, director del Banco Agrario local-.

Que tampoco es moco de pavo.

-Sí, no como el del año pasado, que se cayó al barranco con caballo y todo -cerró el alcalde de la

ciudad.

Cerca del barranco, por encima, dibujando un falso tornado en el cielo azul, planeaban varios

buitres carroñeros.



The End
*
Obra de José Ruiz DelAmor

relato premiado con un accésit en el I Premio de Relato Corto Katharsis 2008
http://www.revistakatharsis.org/premios_relatos_literarios2008_Accesit.html
*
***
*

CONSEJAS DE VIEJAS




CONSEJAS DE VIEJAS





(Guión de cómic)


(1983)


Obra de José Ruiz DelAmor


Basado en el cuento del mismo título y autor


*


(En 6 páginas y 30 viñetas)


*


***
*


PRIMERA PÁGINA




Viñeta 1




NARRADOR. La sabiduría popular está llena de arcanas sentencias extraídas de sucesos reales, llamadas refranes, proverbios, dichos o consejas. Aunque en muchas ocasiones no se corresponden con una realidad determinada -toda regla conlleva su excepción-, no obstante es preciso admitir que rara vez se equivocan estas Consejas de Viejas.




(Vista panorámica. Inmenso páramo desarbolado. Labrador azadonando la tierra; viste camisa con chaleco y zaragüelles con faja, calzado con espaarteñas. 4/6)




NARRADOR. ¿Dónde irá el buey que no are?




Viñeta 2




(Vista del labriego limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo de la mano derecha, que oculta parcialmente su rostro. 1/6)




LABRIEGO. ¡Dios, qué calor!




NARRADOR. La letra con sangre entra; la labor, con sudor.




Viñeta 3




(El labriego visto desde atrás caminando por una senda serpenteante, orlada por deshojados y tenebrosos árboles. 1/6)




LABRIEGO. Siempre igual, del trabajo a...




NARRADOR. El mal camino, pasarlo pronto.




*


SEGUNDA PÁGINA




Viñeta 4




(Labriego de espaldas a una barraca levantina con dos troneras en lo alto aparentando ser ojos y una puerta cubierta por una tela burda semejando una boca, sin perder su realidad de portal. Vista total. 1/6)




LABRIEGO. ...esta barraca inhóspita. Siempre...




NARRADOR. Antes de casar, ten casa en que morar, tierras en que labrar y viñas en que podar.




Viñeta 5


NARRADOR. Por la mañana titiritaina, por la noche chichirimoche.


(Labriego de espaldas. Esgrime un tajo de patata pinchado en l a punta de un cuchillo. Varios tajos humean sobre unas brasas apartadas del fuego en la rústica chimenea. 1/6.)


LABRIEGO. ... solo.


Viñeta 6


NARRADOR. De noche todos los gatos son pardos.


(Cabeza del labriego de frente. Detrás, a un lado, arde el fuego. Al otro lado se enmarca una sombra humana de mujer contra las cañas embarrizadas de la pared; sombra alargada. Rostro del labriego en sombras. 1/6.)


MUJER (sombra). Buenas noches...


LABRIEGO. ¿Quién...?


Viñeta 7


(Mujer morena, de gran belleza felina, destocándose del velo semitransparente que la cubre el rostro pálido. Melena larga y lacia. Viste una túnica talar. Vista total. 1/6.)


MUJER. Es la única vivienda que hay en varios kilómetros a la redonda. No sabía adónde ir.


NARRADOR. No es una mujer bonita lo que el hombre necesita.


Viñeta 8


(Los dos frente al fuego sentados de espaldas, en sendas sillas de anea. Las manos de la mujer adelantadas hacias las llamas. Bustos. 1/6.)


MUJER. Hacía frío fuera.


LABRIEGO. ¿Huye de algo?..., ¿o de alguien?


MUJER. No.


NARRADOR. ¿Me guardarás un secreto, amigo?... Mejor me lo guardas si no te lo digo.


*


TERCERA PÁGINA


Viñeta 9


NARRADOR. La cama es buena cosa, quien no puede dormir, reposa.


(Labriego tumbado en el suelo, contra la pared de cañas, en primer plano, cubierto por una manta a rayas. Al fondo, yacija en que duerme la mujer, que únicamente muestra sus cabellos, largos. En medio, fuego de chimenea. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Quién será?... Es tan hermosa.


Viñeta 10


NARRADOR. No por mucho madrugar amanece más temprano.


(Busto de mujer, de pie, de espaldas, junto a la mesa: platos, vasos, botella, frutero, hogaza de pan, etc. Labriego al fondo, incorporándose del suelo. Escena en penumbra; no ha amanecido aún. Hombre total. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Ya levantada?


MUJER. NO podía dormir.


Viñeta 11


NARRADOR. Las apariencias engañan.


(Amaneciendo; resplandor en los montes lejanos del fondo. Labriego cavando. Busto. 1/6.)


LABRIEGO. Espero que se quede... No parece disgustarla esta vida.


Viñeta 12


NARRADOR. En la huella del querer no hay animal que se pierda.


(Viñeta 3; vista frontal. Labriego apresurado. Vista total. 1/6.)


LABRIEGO. Tendría que haber terminado la cava del bancal, pero tengo que ver si aún está.


Viñeta 13


NARRADOR. Por el humo se sabe dónde está el fuego.


(Cabeza del labriego de espaldas. Barraca al frente, chimenea. Bosque al fondo. Sol en lo alto. 1/6.)


LABRIEGO. La chimenea... apagada. Se ha ido.


Viñeta 14


NARRADOR. La mujer aliñada, antes de vestirse, hace la cama.


(Vista al través del veno de la puerta desde el interior de la barraca, parcialmente oculto el labriego por la cortina que su mano alza. Sobre el lecho, compuesto, inciden los rayos solares provenientes de la ventana. Estera de esparto en el suelo. 1/6.)


NARRADOR. No está... Solo otra vez.


*


CUARTA PÁGINA


Viñeta 15


(Labriego sentado a la mesa, comiendo; de espaldas; botella de vino mediada a su derecha y panecillo mordisqueado a la izquierda. Ventana al fondo, con el sol en su ocaso. Busto. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Qué esperaba yo que viese en mí?


NARRADOR. No se hizo la miel para la boca del asno.


Viñeta 16


NARRADOR. Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.


(Busto del labriego de espaldas mirando por la ventana al exterior. Al fondo, camino bordeado por árboles. 1/6.)


LABRIEGO. Quizás haya sido para mejor que se haya marchado.


Viñeta 17 (redonda)


(Rostro de labriego en gesto de sorpresa, en claroscuros; ojos y boca muy abiertos. Sol oculto; tenues rayos brotando tras las crestas montuosas. 1/6.)


LABRIEGO. ¡Eh!


NARRADOR. Ojos que no ven, corazón que no siente.


Viñeta 18


NARRADOR. Donde menos se piensa salta la liebre.


(Vista doble a través de las órbitas oculares del labriego: camino con árboles; mujer caminando, vistiendo sedas transparentes que dejan entrever sus torneadas formas; el cabello al viento. Las escenas orladas por las pestañas del labriego. 1/6.)


Viñeta 19 (horizontal)


(Perfiles. Mujer a la izquierda con un ramillete de flores silvestres en los brazos. Labriego a la derecha. La luna llena apareciendo tras de unas nubes sobre las copas de los árboles, muy al fondo. Oscuridad. 2/6.)


MUJER. ¡Hola!


LABRIEGO. ¿Dónde estaba?... Me tenía preocupado.


NARRADOR. En salvo está el que repica.


*


QUINTA PÁGINA


Viñeta 20


(Rostro sonriente de la mujer, aspirando el arom de las flores. Luna junto a su mejilla derecha, iluminando sólo ésta; la otra, en oscuro. Cabeza. 1/6.)


MUJER. Estuve en el bosque, recogiendo flores.


NARRADOR. Vete al monte algún buen día, que Dios da de balde su perfumería.


Viñeta 21


NARRADOR. Tal el tiempo, tal el tiento.


(Labriego rodeando los hombros de la mujer con su brazo, entrando por la puerta de la barraca. De espaldas. Medios cuerpos. 1/6.)


LABRIEGO. Celebro que no se haya marchado; la echaba de menos.


Viñeta 22


(Mujer de espaldas, en el centro de la estancia; busto. Labriego arrodillado junto a la chimenea, atizando el fuego. Mesa, cama, etc. 1(6.)


MUJER. Yo también le echaba de menos a usted.


LABRIEGO. ¿De veras?


NARRADOR. Tanto monta, monta tanto.


Viñeta 23 (triangular)


NARRADOR. El costal y la talega, lo que le echan, eso llevan.


(Mitad derecha del rostro de la mujer en semipenumbras; fondo oscuro con la mitad de la luna llena. 1/12.)


MUJER. Sí, no es fácil encontrar una presa por estos desolados parajes.


Viñeta 24 (triangular)


(Mitad izquierda del rostro del labriego en semipenumbras; fondo oscuro con la mitad de la luna llena, haciéndola coincidir con la otra mitad de la viñeta anterior. 1/12.)


LABRIEGO. Sí, tiene razón, es difícil encontrar una presa.


NARRADOR. Dios los cría, y ellos se juntan.


Viñeta 25


(Cabeza de la mujer en negro total; leve halo de luz enmarcándola. 1/6.)


MUJER. Me parece que no me ha entendido.


NARRADOR. A buen entendedor, pocas palabras bastan.


Viñeta 26


(Cabeza anterior, ahora iluminada completamente. Fondo oscuro. Gesto satánico en el rostro y colmillos vampíricos en la boca salivosa. 1/6.)


MUJER. Lo que necesito es la sangre de un ser humano para revitalizar mis fuerzas y mi juventud.


NARRADOR. Tras la cruz está el diablo.


*


SEXTA Y ÚLTIMA PÁGINA


Viñeta 27


(Cabeza del labriego en una oscuridad total; leve halo de luz enmarcándole. 1/6.)


LABRIEGO. Yo creo que la he entendido perfectamente.


NARRADOR. No es mal sastre el que conoce el paño.


Viñeta 28


(Cabeza anterior, ahora iluminada completamente. Fondo oscuro con luna llena. Cabellos de la cabeza erizados, rostro piloso, ojos lupinos, boca babeante con colmillos de lobo, orejas puntiagudas y mentón prominente. 1/6.)


LABRIEGO. Ya que yo también necesito lo mismo.


NARRADOR. De tal palo, tal astilla.


Viñeta 29 (forma de horca)


(Hombre-lobo saltando sobre mujer-vampiro. Luna llena seminublada a través de la ventana. Sin bocadillo, gruñido (Greeknn...) en el lobo y grito (Aahhh...) en la vampiresa. Hombre-lobo en fragmento menor de viñeta; vampiresa en fragmento mayor, en actitud de defensa-ataque. 3/6.)


NARRADOR. El hábito no hace al monje, ni la venera al noble.


Viñeta 30 (redonda sobre cuadro)


(Luna llena ocupando casi toda la viñeta; sombra de lobo sobre una roca, en el centro de la luna llena; más arriba, sombra de murciélago. 1/6.)


NARRADOR. Y por último, un postrero refrán: Del lobo y la vulpeja se puede tomar conseja.


*


Fin


*


Obra de José Ruiz DelAmor


Murcia, 1983


*
***
*


CONSEJAS DE VIEJAS


(cuento)




La sabiduría popular se encuentra llena de arcanas sentencias, extraídas de hechos acaecidos, llamadas refranes, proverbios, dichos o consejas. En muchas ocasiones se corresponden con la realidad -toda regla conlleva su excepción-, no obstante, es preciso admitir que muy raramente se equivocan estas Consejas de Viejas.


***


El hombre azadonaba la tierra del inmenso páramo desarbolado abatido por el cansancio. (¿Dónde irá el buey que no are?)

Con el antebrazo terroso se limpió el sudor de la frente. (La letra con sangre entra; la labor, con sudor.)

-¡Dios, qué calor! (La queja es vieja.)

La vuelta al hogar, al anochecer, está escoltada por tenebrosos árboles deshojados, orlando el
sendero serpenteante. (El mal camino, pasarlo pronto.)


-Siempre igual: del trabajo a... (El trabajo, a destajo.)

Su morada, una triste barraca de ramas, parece mirarle con odio a través de sus dos ventanucos,
y la boca angosta de entrada torcerse en gesto devorador. (Antes de casar, ten casa en que morar, tierras en que labrar y viñas en que podar.)

-... a esta barraca inhóspita. (A la oreja dime tu queja.)

Su cena serán unos sencillos tajos de patata asados en las brasas del fuego del lar. (Por la
mañana titiritaina, por la noche chichirimoche.)

-Siempre solo. (Yo y nos... somos dos.)

-Buenas noches, señor... (Según a quién, cuenta bien.)

Una sombra de mujer se enmarca en la puerta ante una capa de cielo estrellado. (Casa sin puerta, siempre abierta.)

-¿Quién...? ¿Qué hace usted aquí? ¿Cómo ha entrado? (De las visitas pega el cante una puerta
chirreante.)

La mujer, morena, de una belleza tan intensa como felina, se destocó del velo que la cubría,
desmadejando una luenga melena por sobre la túnica alba que velaba su cuerpo, que se presumía
exuberante. (Mujer con belleza, mujer sin cabeza.)

-Es la única vivienda que hay en varios kilómetros a la redonda. No sabía adónde ir. (En casa de
hambre, cerrojos de alambre.)

Luego, alimentándose la y reconfortada por el fuego, las confidencias se hacen obligadas. (Me
guardarás un secreto, amigo?... Mejor me lo guardas si no te lo digo.

-¡Brrr...! ¡Qué frío hacía fuera! (Da la confianza mejor con fianza.)

-¿Huye de algo, o de alguien, quizá, señora? (No se equivoca quien no abre la boca.)

-No. (Nunca dad la verdad.)

Hasta el menos galante de los hombres cederá su cama a una dama. (La cama es buena cosa,
quien no puede dormir... reposa.)

-¿Quién será esta mujer? Es tan hermosa. (No alabes lo que sabes.)

El labrador la ve con el pensamiento, pues sólo distingue un informe bulto sobre el lecho. (De
noche todos los gatos son pardos.)

Apenas se alza el sol, el labrador ya bina en sus viñedos. (Corre un velo por el cielo.)

-”Espero que se quede; no parece disgustarle esta vida.” (Suponer lo que se ignora es no saber ni la hora.)

Impaciente, hace el regreso a casa apresuradamente. (En la huella del querer no hay animal que
se pierda.)

-Tendría que haber terminado la mejenca del bancal, pero tengo que ver si aún está. (Correr
despacio o andar deprisa, la misma guisa.)

A la vista de la barraca, parecen verse confirmados sus temores. (Por el humo se sabe dónde
está el fuego.)

-La chimenea apagada... ¡Se ha ido! (No hay viaje sin equipaje.)

El interior está limpio y ordenado, la cama compuesta. (La mujer aliñada, antes de vestirse,
hace la cama.)

-No está... Solo otra vez. (Sólo una es la luna.)

Rumia triste su pena mientras mastica la cena. (Menor es la pena con la tripa llena.)

-¿Qué iba a esperar yo que viese en mí? ¿Qué podía ofrecerle? (No se hizo la miel para la boca del asno.)

Contemplar el sosiego de los desiertos alrededores le tornan conformista. (Hombre que enviude,
feliz, no lo dude.)

-Quizá haya sido mejor que se haya marchado. (Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.)

Lo que no se espera ya, nos causa sorpresa. (Ojos que no ven, corazón que no siente.)

-¡Eh! (Desconfianza de la tardanza.)

Por el camino, envuelta en sedería transparente, camina la bella mujer hacia la casa. (El afecto tiene efecto.)

El hombre siente renacer la alegría en su entristecido corazón. (Tal el viento, tal el tiento.)

La luna llena va apareciendo tras de unas nubes, por sobre las copas de los árboles. (Luna llena,
noche plena.)

-¿Dónde estaba? Me tenía preocupado. (En salvo está el que repica.)

La joven aspira el aroma del ramillete de flores silvestres de sus manos. (Vete al monte algún
buen día, que Dios da de balde su perfumería.)

-Estuve en el bosque, recogiendo flores... paseando. (El que roba en mi troje, hay que ver qué
poco coge.)

Con su brazo rodeando los suaves hombros de la mujer, el labriego la hace penetrar en la
barraca. (No quieras comulgar en el templo en pecado, dando mal ejemplo.)

-Celebro que no se haya marchado; la echaba mucho de menos.(Lo que no viene, jamás se
tiene.)

El hombre anima alegremente las llamas del hogar. (El fuego no es un juego.)

-Yo también le echaba de menos a usted. Mucho. (La correspondencia es una gran ciencia.)

La voz del hombre parece más animal que humana al inquirir (Voz ronca, hay bronca.):

-¿De verdad? (La duda ofende.)

Y el rostro de la mujer parece ahora afearse. (Lo feo no veo.)

-Sí, no es fácil encontrar una presa por estos desolados parajes. (Donde menos se piensa salta la
liebre.)

A la luz de la luna, que se introduce a traves del ventanuco, el hombre parece más velludo ahora.

(Pelo..., o cabello cuando es bello.)

-Sí, tiene razón; es difícil encontrar una presa apetecible por estos lugares. (Dar a dama la razón
es cuestión de educación.)

Ambos parecen darse la razón sobre el particular mientras se muestran agitados. (Nuestro
acuerdo no recuerdo.)

-Me parece que no me ha entendido. (A buen entendedor, pocas palabras bastan.)

Le babea a la mujer la boca en tanto que muestra unos afilados dientes. (Boca hambrienta sola
se alimenta.)

El hombre está tranquilo. (Una virtud: la quietud.)

La mujer ahonda en su explicación (Todos sabemos... más o menos.):

-Lo que necesito es la sangre de un ser humano para revitalizar mis fuerzas y mi juventud. (Coge
tu presa por sorpresa.)

El otrora bello rostro de la mujer es ahora una máscara de maldad. (Tras la cruz está el Diablo.)

Continúa brotando vello en gran profusión en el rostro y manos del campesino. (El costal y la
talega, lo que le echan... eso llevan.)

-Yo creo que sí la he entendido; perfectamente. (No es mal sastre el que conoce el paño.)

En las sombras titilantes, la mujer espera. (Sea lo que sea, que yo lo vea.)

El hombre se explica con los ojos brillantes, los colmillos babeantes y las orejas puntiagudas.
(De tal palo, tal astilla.)


-Ya... que yo... necesito... algo... parecido. (Dios los cría, y ellos se juntan.)

El fuego, crecido, ilumina claramente a los dos monstruos en que se han convertido ambos
aparentes humanos. (Es frecuente lo corriente.)

Inmediatamente, saltan uno sobre el otro, atacándose y gruñendo como fieras salvajes. (El
hábito no hace al monje, ni la venera al noble.)

Más tarde, el hombre-lobo aullaba a la luna llena desde la cima de un monte mientras la sombra
de un enorme murciélago cruzaba el espacio.

Y por último, un postrero refrán: Del lobo y la vulpeja se puede tomar conseja.


Fin

*
Cuento original de José Ruiz DelAmor

Nota: Este cuento (originalmente lo escribí como un guión de cómic) fue publicado en México en 2007. Desconozco el título del volumen, así como la razón social de la editorial.
http://www.el-recreo.com/home/nsarved.asp?pag=1

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***
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jueves, 14 de julio de 2011

UN ELEMENTO DE CAMPO

UN ELEMENTO DE CAMPO

(adivinanza en prosa)

Corro y campo
por el campo


Aunque inmediatamente por mi aspecto bien podría tachárseme al primer golpe de vista

de obeso, gordo, rollizo mantecas, bola de sebo (esto más acertado), gordinflas… y

cuantos adjetivos se utilizan para designar a alguien con abundancia de tejido adiposo –

esto en mí es aparente- y vida regalada y acomodaticia, aunque esto parezca de pura

lógica a cualquiera que me viese por primera vez y fuera de mi actividad acostumbrada,

nada más lejos de la verdadera realidad: Mi razón de ser y existir es el deporte y su

práctica.

Mi especialización es tan grande, que estoy perfectamente adaptado para el ejercicio

exclusivo de un único deporte… más o menos.

En mi favor diré que, cuando salto al terreno de juego, situado en pleno campo, nadie

corre y se esfuerza por participar tanto como yo en el juego, aunque, eso sí, no sudo la

camiseta, y esto es porque no la llevo puesta. Sí, señores, como suponen ya: juego

desnudo, en cueros, en pelota viva… como vine al mundo, tal y como siempre lo he

hecho desde tiempos remotos –aunque no demasiados- sin queja o protesta por parte de

nadie.

Como el resto de participantes en el evento deportivo, acabo embarrado y mugriento,

el color de mi piel, habitualmente blanco, tiznado por el verde del césped, sudoroso y

resobado y manchado por los escupitajos que, sin yo poderlo impedir, me arrojan casi

todos los demás que juegan conmigo; menos uno: el que menos me toca las pelotas.

Bueno, menos tres.

Durante toda la duración del lance, soy quien más golpes recibe; todos me patean, me

estrujan, me dan de cabezazos… ante la total indiferencia del juez árbitro de la

contienda. ¡Ya está bien la cosa!... Aunque alguna vez ocasional recibo alguna muestra

de cariño por parte de alguno: una abrazo, un beso, una caricia…, inmediatamente

después vuelven todos a golpearme con la misma saña con que lo hacían anteriormente.

Duran poco las alegrías en la casa del pobre. Y no se trata de ningún procedimiento para

hacerme adelgazar, eso seguro. Pues volviendo, ya en ello, a mi aspecto redondeado y

grueso, no lo he logrado a base de ingerir alimentos de modo desordenado, sino más

bien a causa de no probar bocado alguno; puede decirse con gran sentido de lógica que

me alimento de puro aire.

Viajo mucho, eso sí, yendo de campo en campo. Siempre el campo, siempre al

campo, siempre de campo. Aunque se podría pensar que tales desplazamientos deberían

suponer para mí un motivo de contento, una ventaja, al poder disfrutar de variados

ambientes, no es así ni mucho menos: todos los campos que visito son parecidos:

extensiones breves de terreno llano, sin árboles ni animales algunos (al menos de gran

tamaño, salvo los jugadores, si los consideramos animales, que la mayor parte del

tiempo como tal se comportan), con sólo hierba. Hierba unas veces alta y verde, otras

baja y rala y seca, y otras, las más, inexistente, lo que no es cambio agradable en el

panorama futuro, puesto que jugar sobre un terreno pedregoso me rasga la piel de forma

harto cruel a la larga.

Ya ven, qué triste vida la mía.

Otro de mis motivos de queja es el trato de indiferencia con el que soy dispensado. A

pesar de que mi colaboración y aportación en la victoria de uno de los dos equipos en

liza es fundamental, nunca, ni por pienso, se me agradece la labor realizada como se

debe. Talmente como si uno no existiera. Entre ellos se abrazan y felicitan, recibiendo

yo a lo sumo como premio una patada en las costillas que para nada viene a cuento, creo

yo. Ya puedes decir “¡Eh, que he sido yo!”, que nadie, absolutamente nadie, te hará

puñetero caso. Resulta bastante desagradable aunque nunca lo diga yo tanta ingratitud

por parte de todos, ¿no les parece?

Podría extenderme en cientos de detalles que les harían ver cuán desgraciada es mi

vida, pero dado que hacerlo no iba a cambiar para nada mi destino prefijado ya al nacer,

me callaré. Porque sí, porque… está mejor callado a fin de cuentas un balón de fútbol

como yo soy.





Fin
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Obra de José Ruiz DelAmor
De "Adivinanzas Divinas"
*
***
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