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lunes, 31 de octubre de 2011

EL BOSQUE ENFANTASMADO

EL BOSQUE ENFANTASMADO

Las aguas, al reunirse, cubrieron carros,
caballeros y todo el ejército del faraón,
que habían entrado en el mar en seguimiento
de Israel, y no escapó uno solo.

(Exodo, 14, 28)

El perro husmeaba por entre las atochas seguido de cerca por los dos hombres, pendientes de todos sus movimientos. Uno de ellos, armado con carabina de precisión y vestido con apropiada ropa de camuflaje de color verde mustio a rodales terrosos, sombrero símil y botas relucientes, demasiado para el propósito incluso, de cuero marrón, ornaba su pulcro afeitado con un fino y cuidado bigote de guías caídas; el otro, cargado con el resto de los apechusques cinegéticos, al contrario, vestía chaqueta parda ajada sobre camisa de percal sin cuello, pantalón de pana marrón y faja negra al cinto, tocada la cabeza por una boina capada y la base por unas traídas esparteñas, cubría su ajado rostro una rala barba, terrosa y amugroñada.

-Paece que ha encontrao algo, señor Conde -dijo éste último.

-Ya lo he visto, tío Juan, ya lo he visto -contestó con hastío el elegante.

El can parecía ahora más nervioso, había aumentado la velocidad de sus movimientos y su, breve y atractiva, cola se agitaba sumamente excitada.

-Venga, tío Juan, vamos a colocarnos en buen ángulo... que no se nos vaya a escapar ahora esta pieza.

Se situaron cerca de la ladera de la planicie sobre la cual se hallaban a instancias del llamado tío Juan, considerando éste que desde tal posición evitarían que la presa huyese cuesta abajo, fuera de su campo de visión.

-¿Quié usté que tire yo tamién, señor Conde?

No era apreciable en la entonación de las palabras del lugareño el menor rastro de la ansiedad propia de un cazador; era su espíritu de lacayo quien deseaba mostrar su buena disposición a colaborar en la empresa, en provecho de su amo.

-Síii..., tío Juan, tire usted también -concedió el conde de mala gana. Hablaban quedo por hábito ante la cercanía presentida de la presa a cazar.

Aguardaron a que la pieza perdiese los nervios y se echase fuera de las espesas atochas que la celaban; ya se tardaba lo suyo no obstante.

-¡Vrigile osté bien por tuiscas partes, señor Conde, que ande menos se piensa salta la liebre! -advirtió el tío Juan a su amo y señor.

Las palabras voluntariosas del campesino, lejos de serle agradecidas, como tantas y tantas veces, ahora también tuvieron la virtud de irritar al prócer.

-¡Cállese..., cállate, tío Juan! A mí no me hacen falta consejos. De nadie... Y muchos menos
tuyos.

¡Decirle a él, experto en mil peligrosas cacerías por las selvas africanas un labriego lo que debía o no hacer...! ¡Habráse visto la desfachatez del palurdo gañán!

Al pronto, el can se inmovilizó cual una estatua de granito frente a una tupida atocha semi
acamada.

El signo era inequívoco para los dos hombres: la pieza estaba casi descubierta.

La aparición de la oculta presa no se hizo esperar más. Del raigón más próximo al chucho estático surtió una especie de rayo peludo de largas orejas puntiagudas.

-¡Es una liebre, señor Conde!

El señor conde no atendía al comentario, por lo demás innecesario, del tío Juan. Con el rifle de mira telescópica que hubo tomado del hombro de aquél previamente, seguía la veloz carrera de la liebre, esperando el alineamiento propicio para abatirlo; no le agradaba el desgaste superfluo de cartuchos: él mataba al primer disparo. Siempre. Siempre que mataba.

El tío Juan imitó a su amo echándose la escopeta de menor calibre y precisión al rostro, y esperó humildemente a que el conde disparase. Sólo en caso de fallar éste, dispararía él. Ya le había enterado a su señor con su larga experiencia de vida campestre que a los conejos y, sobre todo, a las liebres, hay que matarlos antes de que tengan tiempo de correr mucho, que si no se les endeña la sangre y, después, es peligroso comer sus carnes envenenadas. Pero el conde hacía oídos sordos a todo lo que procediese de un inferior social; no había nacido, en realidad, ni nacería nunca la persona que viniese a decirle a él qué tenía o no qué hacer y cómo y cuándo; seguir un consejo, hubiese representado para él someterse al criterio de una mente superior a la suya, algo a todas luces inaudito, el reconocimiento de su propia ineptitud, y... ¡eso nunca! Así pues, y siguiendo su dictatorial sentido crítico, el conde, en opinión del tío Juan, había dejado ya correr demasiado a la liebre, y su sangre estaría plagada por gran cantidad de toxinas venenosas; la carne ya no serviría para el alimento de seres humanos.

La liebre hendió la pequeña meseta y se deslizó por el raiguero abajo, con la segura rapidez de quien sabe hacia dónde se dirige; salió al descampado, y marchó como una bala hacia una isleta de pinos que brotaba destacadamente en medio del despoblado campo.

El conde disparó al comprender la maniobra evasiva del roedor; si lograba internarse en el tupido bosquecillo de pinos conseguiría un resguardo bastante seguro, una relativa salvación. El disparo no tuvo efecto alguno sobre la marcha del mamífero, antes bien, sirvió como acicate para que éste incrementara su marcha. Se elevó una diminuta estela de polvo blancuzco tras de la liebre. Nada más.

Disparó su segundo cartucho con el mismo resultado fallido, y una décima de segundo más tarde atronó el bramido de la vieja escopeta del tío Juan. La liebre hizo una especie de cabriola y pareció ir a caer, pero sin embargo continuó su carrera, aunque con mayor lentitud, hasta lograr perderse en el interior del prieto arbolado del bosquecillo de pinos.

-¡Le he dado, le he dado! -exclamó alborozado el prohombre, sumamente orgulloso de su gesta insignificante.

Todo había sucedido en un breve lapsus de tiempo.

El tío Juan le miró con el falso orgullo hacia las proezas ajenas que conllevan unos posibles beneficios para quien rodea al héroe. Cuando el conde hubo errado su segundo y último disparo, él hizo el suyo con cierta precipitación que le impidió afinar bien la puntería. Aun así, todo había salido a pedir de boca: el conde creía, o quería hacer creer que creía, que fue su cartucho el que hiriera a la pieza, y esto era todo lo que deseaba el tío Juan de aquellas circunstancias: permanecer siempre por debajo de su superior para no incurrir en su ira.

Las posteriores ojeadas que su amo le lanzó, hicieron comprender al labriego que le recriminaba por su acierto. Quizá, sin duda, hubiese preferido que la liebre escapase ilesa antes que verse humillado -según él, claro- por su sirviente. Si se cobraba la liebre se vería pronto que las postas pertenecían al menor calibre del arma del tío Juan. Pero eso no podía suceder: no podremos cobrar la pieza, pensaba el tío Juan, con buenas razones para creerlo así. Es imposible... Podía estar bien tranquilo.

-¡Llama al perro y vamos abajo! -ordenó el conde dejando en brazos de su subalterno el arma y echando a andar pendiente abajo.

El anciano rural sintió una punzada de aprensión.

-¡Pulgas, ven aquí!

El perro acudió con presteza subiendo la cuesta que hubo salvado yendo en persecución de la montaraz liebre. Pasó junto al noble, y trotó a las haldas del viejo hombrecillo en seguimiento del amo y señor de ambos.

-¡Señor, señor...! -casi imploraba el tío Juan al poco, tratando de dar alcance al conde. Sus peores temores parecían confirmados.

El blasonado personaje se revolvió casi con fiereza salvaje hacia el rostro perplejo del importuno paleto.

-¿¡Qué!? -repuso con sequedad suma.

-Señor, señor... ¿no irá usté a meterse en ese fosque, verdá? -interrogó ingenuamente el tío Juan, acercándosele tímidamente. Al perro de caza se le veía inquieto.

El conde entornó los ojos, llameantes de enojo por la exasperación que le producía aquel a quien consideraba un energúmeno. Qué majadero era el individuo al considerar a aquellos cuatro pinos un bosque.

-¿De quién es ese bosque? -le espetó en la cara al campesino como quien escupe al rostro de su enemigo.

-Suyo y muy suyo, señor Conde... Pero es que resulta que no se pué dentrar ai adentro.

-¡Cómo que no puedo entrar ahí!... ¡Yo entro donde me da la gana! -El aristócrata no estaba
dispuesto a transigir lo más mínimo. -Me gustaría saber quién es el guapo que me va a impedir
entrar.

-Es que... verá osté, señor Conde, ese fosque está visibilao -afirmó el campesino como si tal hecho no admitiese réplica alguna.

-¡Qué!...

-Sí, señor Conde. Que está henchizao, enfantasmao, y el que entra ai ya no vuelve a salir en jamás de los jamases pa insécula seculera. Toos los de por aquí lo saben de cierto que es asín. -La cosa no podía estar más clara.

El conde se sonrió. ¡Al fin! Ahora se le presentaba en bandeja de plata la oportunidad de demostrar su superioridad a este estúpido patán que siempre le andaba humillando, aunque fuera sin querer, con su conocimiento empírico del campo. Se enteraría.

-Aun así, yo voy a entrar a cobrar la maldita liebre -se expresó ahora calmosamente el conde.

El tío Juan se alarmó. Lo veía venir.

-¡No entre a por la liebre, señor Conde, que no va a poder salir!... Mire osté, que la prudencia no está reñía con el valor -refraneó sentencioso el simple como si fuese su vida la puesta en un mal trance-; que hoy semos y mañá no; y el conde honrao, la pata quebrá y en casa; que es mejor no menear el arroz manque se pegue; que tan presto se va el cordero como el carnero; no vaya usté a dir por lana y se venga trasquilao, o lo que es pior, que no se venga; que bien se está San Pedro en Roma, ya que...

-¡Calla ya con tus refranes y consejas de viejas y no me importunes más!... Si tanto miedo tienes, puedes quedarte aquí, a salvo, como los cobardes. Supersticioso del diablo... ¡Pulgas, vamos!, ¡ven aquí!

El perro rastreador dio unos tímidos pasos hacia el conde, pero se detuvo repentinamente y tornó a cobijarse entre las piernas del rústico anciano.

-¡Ah, conque tú tampoco quieres venir!... Te han contagiado la cobardía...¡Pues bien!, está bien; iré solo.

Sin más se encaminó derechamente hacia el sotobosque, portando su moderna carabina bajo el brazo, vuelta a coger de manos del tío Juan, el cual hacía un último y desesperado intento para disuadir a su señor de realizar tal acto de locura, tamaña temeridad como era la de penetrar en el menguado bosquecillo.

-Señor... -rogaba el senil-, que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena; vea que el que la lleva la entiende y el que la sabe la tañe, que...

El conde se volvió y le gritó al tío Juan haciéndose bocina con la mano junto a la boca:

-No se preocupe, tío Juan, que esto... más que un bosque es un bosquejo.

Satisfecho se sonrió para sí mismo de su ingenioso humor, a sabiendas de que el hombre de
campo carecía de sentido del humor. Este continuó instando a sus amo para que cejase en su
descabellado empeño, pero ya el conde había alcanzado las estribaciones del soto, probablemente dejando de oírle.

Quien necio es en su villa, necio es en Castilla, se dijo el tío Juan viéndole entrar en el tupido seto y perderse su figura estirada por entre los árboles y la espesa maleza que crecía profusamente por todo el terreno arbolado.
* * *
La primera impresión que recibió el osado conde fue la de inmensa profundidad; mostrábanse tan prietos los pinos carrasqueños, que resultaba de todo punto imposible vislumbrar al través de los troncos el páramo que, sin duda alguna, se extendía tras de ellos. Después de salvar los abundosos matorrales de la periferia del bosque, donde se mezclaban la jara y el tomillo, el lentisco y el romero, el junco y el madroño, la coscoja y el tojo, y diversos otros tipos de plantas propias de diferentes biotopos, la mayoría opuestos, los pinos, sólo los pinos; estaban tan juntos, que le resultaba difícil al noble cazador moverse con comodidad.

Esto es más grande de lo que parece desde fuera. Sólo con la madera de estos pinos tengo aquí una verdadera fortuna. Me reportará unos pingües beneficios su venta. ¡Y todo estaba aquí..., olvidado, dejado de la mano de Dios!

Se había desentendido totalmente de la pieza que entrara a cobrar, absorto en el cálculo de la
recién descubierta riqueza maderera que se le mostraba magnificente a sus ojos asombrados. No se escuchaba ni el gorjeo de los pájaros ni el rumor del viento entre los árboles; arriba, las copas se extendían a lo ancho, oscureciendo el seno del bosque. Pero el conde no reparaba en estos nimios detalles, y de haberlo hecho, no les hubiese concedido ninguna importancia; su carácter se habría impuesto.

Así que continuó recorriendo tranquilamente aquel aparentemente pequeño bosque de nada,
aquella isla nemorosa de escasa extensión naúfraga en la inmensidad del páramo desértico ibero.

Sus cuentas aumentaban el beneficio a medida que sus pasos progresaban por el terreno boscoso.

Tardó, pero al fin cayó en la cuenta. Aquí hay algo raro; esto no es normal. Una punzada de aprensión le hizo detenerse. Se volvió hacia el lugar por donde entrara: árboles y más árboles. Sólo troncos resinosos a todo lo que le permitía alcanzar la vista. Y maleza, mucha maleza. Incluso le parecía que no era tanta cuando él entraba. Esto no puede ser; no es posible. Él juraría que sólo había caminado una veintena de pasos por el interior del soto, no obstante, el páramo desnudo le parecía tan remoto como el lado opuesto de la Tierra. Aquello no era lógico, qué diablos. ¡Dios mío!...

Apresuradamente y con el corazón encogido de temor, regresó sobre sus pasos... Era dificultoso sin embargo el regreso: la abundante espesura se lo dificultaba. Se veía obligado a dar grandes rodeos para sortear los grandes matorrales que parecían avanzar y crecer, como adueñándose de todo el espacio disponible. Al cabo de un largo rato, continuaba sin vislumbrar claridad libre de arbolado.

No puede ser. Si ya llevo andando más... andado más camino del que hice para entrar. Y estos pinos no parecen ir a acabarse nunca... ¿Qué pasa aquí?...

Corrió, corrió cada vez a más y mayor velocidad, a pesar de su pánico creciente. En un topetazo, un encontronazo con el tronco de un pinato perdió la carabina, pero siguió corriendo, torpemente debido a la estrechez dejada por los árboles, haciendo caso omiso de la pérdida del arma. Se le sucedían los troncos en monótona secuencia pero nunca se distinguía la luz del espacio abierto anhelado; parecía estar oscureciendo paulatina y lentamente dentro del soto... aunque ¡sólo eran las ocho y media de la mañana!... fuera. Eso era fuera. Aquel era otro mundo. Ahora lo veía. Los desconchados troncos de los pinos se alargaban al infinito en altura, alejándose sus copas de la visión del hombre.

Sin cesar de correr, el conde comenzó a gritar histéricamente... mientras el verdor se expandía como la clara de huevo, anegándolo todo, invirtiendo claustrofóbicamente la realidad de un espacio abierto por la lobreguez de un sótano subterrenal de aire húmedo y frío.
* * *
Fuera, el tío Juan creyó percibir unos gritos de socorro, pero esta sensación sólo duró un momento; luego, nada. Lo achacó a un desvarío de su imaginación.

Miró al temeroso perro, acurrucado a sus pies, que, como él, mantenía la vista fija en el grupo de árboles cercanos.

-Hala, vámonos, Pulgas; que aquí ya no tenemos namás que hacer. El Señor tenga misericordia de su alma -dijo. Y persinándose, dio la espalda al bosquecillo, seguido de cerca por el perro, ahora ya más alegre.

Cuando se perdía la figura del tío Juan al otro lado de la loma, en dirección al gran caserío...
propiedad del ex conde, unos matorrales del borde de la isleta arbolada se agitaron. Con un ágil brinco, una liebre surtió al terreno despejado, y, luego de unas miradas asustadas en semicírculo, trotó con vigor inusitado, perdiéndose su grácil forma en la extensa llanura castellana árida y semidesértica. De haberla podido ver el tío Juan, habría jurado sobre la Santa Biblia que se trataba de la misma liebre que él hirió con su escopeta.

FIN
*

Obra de José Ruiz DelAm0r
Cuento incluido en el volumen UN BOSQUE FANTÁSTICO, finalista del I Certamen de Relatos Cortos Bosque de Cebrián, 2008

*
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jueves, 8 de septiembre de 2011

NADA

NADA


La niña de tres años miró a su alrededor con cierta aprensión. Y luego llamó:
-¿Mamá?...
La madre no andaba lejos.
-¿Qué quieres, hija?
La niña respiró aliviada.
-Nada, mami.
Sólo era saber que estaba ahí.

*
Obra de José Ruiz DelAmor
NADA, microrrelato incluido en el volumen de cuentos publicado por la Editorial Hipálage con el título de “A CONTRARRELOJ (I)”, 2007
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miércoles, 31 de agosto de 2011

EL ALFILERILLO


EL ALFILERILLO


Bicho cobarde,
ni come chicha ni carne.

Refrán


Ocurrió en un lugar de La Mancha, cerca de Chinchilla, en un año cualquiera durante la dictadura franquista, en una finca anónima, durante la época de recolección de las mieses.
En verdad que no eran precisamente opulentos los jornales que percibían los segadores, gente de paso, inmigrantes, trashumantes, en aquellos tiempos; ahora, las máquinas suplen a los jornaleros. De una jornada de casi doce horas de trabajo duro diario, había que descontar de la paga bruta la manutención, que corría a cargo del patrón ineludiblemente. Una lebrilla de gazpacho manchego insulso y varios panes caseros descomunales, de los llamados de carrasca, bastaban, según la apreciación de los patronos, para saciar las hambres atrasadas de aquellas gentes sin hogar fijo; menú que se repetiría a la noche. Pan con pan, comida de tontos, dice un refrán.
También había que descontar, por supuesto, el alojamiento que les ofrecía generosamente a aquellos aventureros sin lugar al que caerse muertos: un inmundo barracón destartalado, que ni para el ganado era adecuado, donde cincuenta personas o más -según la superficie de la finca o el volumen de la cosecha- habían de hacinarse, agavillarse, cada noche sin el menor derecho a la intimidad o a algún mínimo servicio higiénico privado. Para completar el triste cuadro, baste con saber que la mayor parte de los jornaleros llevaban a toda su familia consigo, mujer e hijos, y en algunos casos ancianos padres; también, qué duda cabe, las hijas.
Frío de noche y calor de día, sumados al hambre habitual, convierten a cualquier persona por encumbrada que fuere en miembro ferviente de esa secta de vividores a salto de mata bien conocida por sus mañas: el grupo de la picaresca. No surge otra opción que ejercer el florido oficio y arte de la picardía.

* * *

Tras de haber almorzado, serían sobre la una y media, el peonaje que no cabía en el interior del angosto y poco ventilado barracón, que cuando menos defendía algo del fuego solar, estaba empentado de espaldas contra las paredes en sombra del exterior, o tumbado desmadejadamente sobre las garberas de espigas trigueñas apiladas aquí y allá, producto del trabajo reciente. A aquella hora el barracón comenzaba a convertirse en un horno, y muchos de dentro lo abandonaban, ya que el hedor humano se hacía más insoportable que el inclemente sol. Fuera, la tenue brisa incorporaba una nota de respiro a los cuerpos sudorosos.
Dos jornaleros charlaban cansinamente; mientras, observaban a las aves de corral de la hacienda en sus evoluciones para picotear grano o gusanos que escarbaban en la tierra.
-¡Maldita sea, tú!, ¡no puedo aguantar más esta comida todos los santos días!... Yo soy de Murcia y no estoy acostumbrado a comer siempre lo mesmo una y otra vez.
-Ya te acostumbrarás -afirmó filosóficamente su compañero.
-Eso lo dirás tu... Yo no lo creo -Ambos miraban fijamente el sucelento averío de gallinas, pavos y patos-. Hasta esos bichos comen mejor que nosotros. ¡Fíjate qué pechugazas que tienen!
-No quiero verlas.
-¡Si pudiéramos coger alguno...!
-¡Ni se te ocurra! Si el patrón te pilla... es capaz de meterte en la cárcel pa los restos.
-Tú lo has dicho: si me pilla. Pero a lo mejor es el mismo patrón el que me hace un regalo dándome alguna que otra ave -dijo para sí mismo el murciano ante la mirada de extrañeza de su colega.
-¿Qué tonterías estás diciendo?...
-Tú tiempo al tiempo.

* * *


Durante el mediodía de la jornada siguiente, la situación y escena venían a ser las mismas, con la única salvedad que representaba el bullicio de los críos que jugaban a la pídola, aun bajo un sol tan tórrido como lo fuera el del día anterior. Pero ya se sabe cómo son los zagales: culo veo y culo deseo, y bastó con que uno de ellos evolucionase inquieto, para que el resto sintiese una comezón que le impedía permanecer inactivo. Todavía no habían buscado la totalidad de las gentes refugio contra el lorenzo, y estiraban las piernas tras de lal frugal comida competitiva de costumbre; competitiva, ya que había que pugnar por introducir la rebanada de pan, a modo de cuchara, en el mojete mixto del lebrillo.
Algo apartado del resto, casi oculto de forma indolente tras de unas alpacas de paja, el murciano que el anterior día soñara ilusamente con el regalo de un ave de corral por parte de su patrono, observaba a un grupo de gallináceas -sólo gallinas y pavos, no había perdices- cómo se disputaban el grano que alguien había esturreado por el piso de un claro previamente.
Ese alguien había sido él mismo.
De pronto, uno de los pavos dio un grito agónico y ahogado, y torció su largo cuello en un espasmo malabar; volvió a gritar en un alarido estertóreo, y, dando un extraño e incongruente giro en el aire, cayó al suelo entre aleteos y pataleos convulsos, revoloteando algunas de sus propias plumas a su alrededor.
Si lo que el ave pretendía con sus gritos -en el ímprobo supuesto de que algo pretendiese- era atraer sobre sí la atención, lo consiguió sobradamente. Al poco, chiquillos y adultos de la más próxima cercanía se disponían en rededor del animal, que continuaba debatiéndose aún. Los peones del interior del barracón salieron fuera ante el tumulto ocasionado por sus compañeros de trabajo. El murciano, que se había alejado un tanto en principio, llegó de los últimos, a pesar de ser el primero en ver lo sucedido.
-¿Qué ha pasado? -preguntaban unos. Las mujeres preocupadas por la seguridad de sus hijos.
-Un pavo, que parece que le ha dado un patatús -contestaban otros, más enterados.
Pronto, también llegó el patrono apresuradamente, a pesar de sus rollizas carnes y oronda barriga.
-¿Qué pasa? -demandó autoritariamente.
Una abertura de acceso en el corro formado, para que el amo pudiese penetrar, fue la respuesta de los más cercanos.
-¿Qué ha pasado?... Decid -tornó a preguntar conminatoriamente.
-No sé... No sabemos... Nosotros acabamos de llegar y el pavo ya estaba así -le respondió una voz anónima.
-¿Alguien ha visto algo? -interpeló con menos altanería el patrón a los presentes.
Obtuvo silencio por respuesta.
En tanto que el señor se agachaba con reparos sobre el animal para examinarle, el murciano se abría paso lentamente entre el corro.
-¡La madre que parió al demonio traidos! -injuriaba el amo, seguramente a la mala fortuna.
-Patrón... -musitó alguien.
-¿Quién...? -miró el hacendado a los miserables de rostros sucios y tristes a su alrededor, encontrándose con la jeta expectante del murciano- ¿Qué?...
El de Murcia según sus propias palabras, carraspeó, se destocó de la boina y se rascó la cabeza por entre la escasez de sus cabellos.
-Verá usté, señor... Es que me parece que yo sí sé lo que le pasa al pavo -dijo el levantino volviéndose a colocar la boina.
-Habla -pidió sin suficiencia el amo y señor.
-Es que sucedió una cosa parecía en una granja en la que estuve trebajando hace tiempo, y el veterinario dijo que era la enfermedad del "alfilerillo". Ansí la llamó. Yo no sé qué quiera dicir eso, pero aquellos alimaluchos tamién se revolcaban de la mesma jorma que éstos de ahora de aquí.
El patrón dividió sus miradas entre el murciano y el pavo que se retorcía aún, aunque con menor energía.
-¿Y qué más sabes? -instó el señor al peón para que contase todo lo que supiera al respecto de la enfermedad- ¿Qué más dijo el veterinario en aquel caso?
-No me recuerdo mu bien, patrón -se disculpó el de Murcia con un ligero carraspeo-. El médico de animales dijo que aquello era una pidemia, pero que no solía durar mucho tiempo; pero que no se sabía de que hubiera alguna cura conocía.
"Una epidemia", pensó el patrón. "Claro, con toda esta gente tan guarra que viene... qué enfermedad no llevarán ellos encima".
-El patrón de aquel sitio le preguntó al médico -seguía diciendo el segador- si la carne de los bichos se podía comer, y le dijo que él le aconsejaba que no se la comiera, por si un caso; pero que no sabía de que nadie se hubiera muerto por comérsela, aunque... como se sabía tan poco de esa enfermedad...¿quién sabía?
El patrón quedó pensativo durante unos segundos.
-¡Conque el alfilerillo, eh!... -dijo, saliendo de su mutismo- Bien, tú, encárgate de enterrar al pavo lo más lejos posible -se dirigió al murciano-. Y mátalo en seguida, que no sufra más el pobre animal; que no tiene culpa ninguna.
Y con esto se fue hacia la casa principal, dando por finalizado el asunto. Por el momento.
El murciano, ayudándose de un palo, asfixió al animal quebrándole el cuello de paso, y cogiéndolo en brazos con afectados miramientos, tal como si portase una bomba de relojería a punto de estallar, se alejó con él campiña adelante seguido por las miradas atemorizadas de sus colegas. La gente, satisfecha su curiosidad, se desparramó, buscando de nuevo cobijo contra el solazo; sólo el hombre que el día anterior hablaba con el barriga verde permaneció viendo cómo aquél se alejaba más y más, siguiéndole poco después, cuando el resto había despejado el campo. Allí había gato encerrado.
Halló al murciano tras de una loma, lejos de las edificaciones. Cómodamente sentado sobre un talud, se dedicaba a desplumar al pavo con escaso éxito.
-Acércate -le invitó el de Levante al descubrirle.
-¿No lo vas a enterrar, como te ha dicho el amo que hagas? -preguntó cándidamente el llegado.
-¿Enterrarlo?... ¡Qué va...! Lo que voy es... a comérmelo.
-Entonces, ¿no está enfermo?
-Ni hablar del peluquín, éste está más sano que tú y que yo juntos.
-Ya me parecía a mí que había algo raro en todo esto. Era mucha casualidad que se jiñara el pavo cuando ayer hablábamos lo que hablamos... ¿Cómo lo has hecho?
-¿Cómo?... A lluego te lo explico. Ahora, lo más importante es, que, ya que has venido..., que te lleves el pavo ascondío en tu chaqueta por ande no te puá ver naide, y te lo lleves a angún sitio en el que esté bien juardao. A la noche lo pelamos y nos lo comemos lenjos de los emás. Yo gorveré a la casa como si ya lo hubiá enterrao, dentro de un ratico.
El otro segador obedeció, resignándose a esperar algún tiempo para el desvelo del truco que había usado su compañero. Tomó el pavo, liándolo en su chaqueta de pelcar, y se dirigió hacia el caserío dando un amplio rodeo. Al rato, el murciano también fue hacia allí, éste derechamente, tras fumarse un pito liado.

* * *

Cuando, a la noche, el resto del peonaje dormía o bailaba al son flamenco de las guitarras, después de su insulsa cena de pan, cena de la que así mismo habían participado el murciano y su amigo, éstos se encontraban bien lejos, sentados junto a una fogata observando el burbujear del agua que hervía en un balde de metal abollado y con algunas pérdidas en sus juntas.
-Bueno, cuéntame ahora cómo lo has hecho -le pidió al murciano el otro.
-Ahora, ahora...; no tengas priesas.
No reveló su secreto el de Murcia hasta que el ave no estuvo totalmente monda y lironda, tras hervir en el agua. Llegaba el momento de partir religiosamente el pavo; ambos tenían mujer e hijos que alimentar, y aquella carne les vendría como una bendición celestial.
-Bueno, querías saber cómo lo he hecho... Pues ahora verás -sacó una navaja albaceteña, de cinco muelles o esclates solamente, y cercenó el cuello del ave después de de habérselo tanteado, eligiendo el lugar para realizar el corte. Tomó algo entre el pulgar y el índice de la mano derecha y se lo mostró a su colega.
-Mira.
-¿Qué es eso? -cogió aquello el compañero sin entender todavía. Lo que fuera, tenía jirones de la carne y sangre del pavo-. ¡Ay!, ¡me ha pinchado!
-Claro, te ha picado -rio el murciano-; ése es el bicho que causa la enfermedad del alfilerillo.
El otro lo miró ahora detenidamente, limpiándolo a conciencia.
-Un alfiler... pinchado en un grano... de panizo -se dijo lentamente el peón- ¿...? ¡Ahora lo comprendo!... ¡Ja, ja, ja! ¡El alfilerillo!... ¡Ja, ja, ja..., pobre patrón!... ¡Qué tonto!... ¡Ja, ja, ja! ¡El virus del alfilerillo!...
Las risas y carcajadas de los dos hombres se estuvieron escuchando durante mucho tiempo en la clara noche estrellada del estiaje caduco.

* * *

No fue aquélla la única ocasión en que el virus del alfilerillo causó estragos entre el averío de la hacienda: dos días más tarde actuaba de nuevo. Y sobre una media de dos días más o menos, tornaba a caer una nueva ave víctima de tal enfermedad ignota. El patrón no disponía de tiempo para hacer que se personase un veterinario para ver si se podía hacer algo para cortar aquella lenta matanza en sus animales de corral. No fue preciso al cabo: la siega terminó y los peones inmigrantes camperos se marcharon hacia otros lares; la epidemia del alfilerillo se acabó al irse ellos. El patrón suspiró cuando observó que ya no se registraban nuevas muertes, y pensó: Si ya lo decía yo, que esa gente trae todas las enfermedades consigo.
Dos carretas, dos familias, se despedían en un cruce de caminos. Un cabeza de familia alababa el ingenio y la picardía del otro. Por algo murciar viene de Murcia.

Fin

*
Obra de José Ruiz DelAmor
Este cuento fue premiado con el Accésit en el Certamen Literario de Bargas (Toledo) 2008
Publicado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Bargas
*
***
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martes, 23 de agosto de 2011

COLORES


COLORES


Un descanso en la batalla galáctica.

-¿Se sabe ya por qué la primera expedición que enviamos desde la Tierra fue atacada por los aborígenes de este planeta?

-Aún no, mi general. En lo que ha durado la guerra con ellos se ha podido constatar su evidente desequilibrio psíquico. Basta con observar sus cadáveres para apreciarse. Ved: todos llevan pintado el cuerpo con los más extravagantes colores. Deben de ser unos locos de atar. Parecen obsesionados por los matices y los tonos de los colores más… ¿cómo diría?..., chillones.

-Se dice que atacaron a la expedición con pistolas, aunque es bien cierto que en aquel ataque no sufrimos pérdida alguna.

-Así es, mi general. Con pistolas como ésa que se encuentra a sus pies.

-¿Ésta? -se inclina y la recoge del suelo.

El general la dispara hacia la tierra de nadie. Un chorro de corto alcance brotó del arma.

-Pero... ¡si es pintura!... Una pistola de pintura. Sólo querían pintar a los miembros de la expedición con colores, para que no se sintiesen fuera de lugar entre ellos.

-Entonces esta guerra es un error -constató el soldado mientras miraba directamente al rostro de su superior.

-Que quedará enmendado ganando la guerra –dijo aquél, y ordenó un nuevo ataque.

Fin
*
Obra de José Ruiz DelAmor
Relato finalista en el V Concurso Internacional de mini cuento fantástico miNatura 2007.
http://www.eldigoras.com/premios/premios0567.html
http://axxon.com.ar/not/173/c-1730071.htm
Relato publicado en la revista digital miNatura nº 80
(pdf, 934.38 kb): http://www.megaupload.com/?d=AN1QT1OK
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viernes, 12 de agosto de 2011

SUPERACIÓN

SUPERACIÓN
(microrrelato)

El experimentado escalador alcanzó a la postre, tras arduo esfuerzo no exento de peligro, la
cima de la más alta montaña existente sobre la tierra, ascendiendo por su cara más impracticable,
proeza nunca intentada anteriormente por ninguna cordada.
Mas no se conformó con tal logro, único al haber sido una gesta en solitario, continuó ascendiendo,
dejando atrás y abajo, muy abajo, las recién conquistadas cumbres borrascosas.
*
Obra de José Ruiz DelAmor
Finalista del...
Publicado en...
Al igual que el microrrelato "A la espera"
Revista digital Gaviotas de Azogue nº 62
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jueves, 4 de agosto de 2011

NO DEBO OLVIDAR...

NO DEBO OLVIDAR DE QUE EN EL RELATO QUE TENGO QUE
PRESENTAR A CONCURSO DE LA II EDICIÓN DEL CERTAMEN
LITERARIO "RELATOS SIN ENTRAÑAS" ÚNICAMENTE PODRÉ
INCLUIR UNA SOLA FRASE FINAL, Y QUE AUNQUE ESTO
PAREZCA POCA COSA TIENE QUE RESULTAR SUFICIENTE

por José Ruiz del Amor

Bueno, menos mal que no lo olvidé.

FIN

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Obra de José Ruiz DelAmor
Microrrelato presentado al II Certamen de “Relatos Sin Entrañas”

Documento con todos los relatos presentados (doc, 241 kb):
http://www.megaupload.com/?d=OLLTCM3Q
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miércoles, 27 de julio de 2011

HISTORIA DE UN CRIMEN SANGRIENTO

HISTORIA DE UN CRIMEN SANGRIENTO

(...)

En resumidas cuentas, el asesino fue el mayordomo.

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Obra de José Ruiz DelAmor
Microrrelato presentado al II Certamen Literario “Relatos Sin Entrañas”

Puede descargarse el documento con todos los relatos presentados
http://www.megaupload.com/?d=OLLTCM3Q
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EL DESCARRILAMIENTO

EL DESCARRILAMIENTO

Atraviesa el corazón del cerro
sobre largos patines de hierro.

El tren.
(Adivinanza)

Aquella mañana, de tempranera sonó la albolada del campanario, de todas las iglesias
de la villa, saludando a la fiesta solemne; era Pascua Florida. El sol chorreaba de luz los
muros calinos mates de las vetustas casejas del pueblo, alzamientos de persianas en
invitación; los pardales piaban alegres saltando sobre el flequillo de los tejados,
bostezos primeros del día; las hojas se sacuden las lágrimas derramadas por el relente de
la noche, llanto de parto del nuevo amanecer… Un día como otro cualquiera. El día de
San Sebastián, día de la mona de Pascua u hornazo: un huevo duro centrado, plantado
sobre una torta de harina cocida endulcorada… Un día.
En este día, casi todos los habitantes del pueblo salen en grupos vecinales, más o
menos numerosos, diseminándose por los contornos montuosos más próximos como
una plaga nubosa de langostas. Salen de gira. La Peñarrubia y el Túnel –férreo- son los
lugares más usualmente celebrados. A estos lugares, nosotros, mi familia, todos los años
vamos.
En las cestas reposan las monas de Pascua. Los niños reposamos un poco, antes de
comenzar la expedición concienzuda del terreno, pues el azagón de 3 kms. así lo
aconseja por mandato de nuestros padres. Ya listos todos los chicos del asentamiento
interino, puestos de acuerdo, partimos siguiendo el curso del río. Chistes y canciones
hacen ameno el camino desparejo, incómodo y abrupto.
A lo lejos, el puente de hierro se espatarra sobre el lecho del río, apoyando sus pies
en ambas riberas del río Argos, el los mil ojos, que dicen las leyendas griegas que era el
vigilante olímpico. Hasta él nos llegaremos si el tiempo no lo impide.
Agarbanzados los brotes de albaricoque, los almendros en granazón. Los ababoles
surtían entre las hierbas de los bancales. Hacia la parte del monte que lame al río, un
almendreral donde crecen la alhábega y la alhucema en profusa cantidad nos dirigimos
resueltamente.
El Puente de Hierro está sobre nosotros. Nos encarruchamos a lo alto del monte,
sabiendo que su corazón está hueco, perforado por el túnel del tren…, por el que pasa el
tren. Arriba se ve a flor de tierra un yacimiento mineral muy escaso; sólo dos conocidos,
aquí, en Cehegín, y otro en el Canadá. Este es escaso en mineral y de belleza no
destacable, pero junto a la carretera de Cehegín a Caravaca, o viceversa –en realidad la
carretera cruza, parte al yacimiento por el medio-, se encuentra otro de gran perfección
en los cristales únicos de este raro mineral del cual silenciaré el nombre.
Abocada la Peña Rubia hacia el ferrocarril, saludaba su paso con vibraciones
menudas de sus rocas de duro granito más sueltas. Sembrada la ladera de
desprendimientos.
Y merendamos. Y luego, los niños buscamos alacraneras levantando las piedras, y
víboras, y lo que fuera. Niños, ni se os ocurra acercaros al túnel, y no os vayáis muy
lejos. Sin decirlo, sabíamos que en caso de no obedecer entraría en juego el manejo
hábil materno de la zapatilla.
Vamos por aquí, dando una rodea, que no nos verá nadie. Nos la vamos a cargar.
Quien no venga, que sea un rajao, por lo menos que no vaya a tener la mala leche de
chivarse a nuestras madres encima.
Y enfrente teníamos la boca oscura del largo –para nosotros- túnel, con un diminuto
punto de luz blanca al fondo, remoto. Fue mi primera prueba de valor. Se asemejaba a
un gran alcabor sin horno, por lo negro y tiznado de su corazón. Nos asomamos al
boterno, al boquerón del túnel, sin atrevernos a penetrar en su penumbra, no por miedo
a la oscuridad reinante, sino por el respeto de obediencia hacia nuestras madres. Pero
las reglas se hicieron para romperse –hecha la ley, hecha la trampa-, y al poco nos
encontrábamos caminando en equilibrio por encima de los ráiles (aún no es hora de que
pase ningún tren, qué nos puede pasar) viendo cómo la boca de luz a unos 300 metros o
así se agrandaba paulatinamente, primero imperceptible y luego de manera evidente,
hasta que abocamos a la salida o entrada o puesta, según se mire. Recorrimos varias
veces el trayecto del túnel intentando vislumbrar en las escasas posibilidades un medio
de esparcimiento. Los huecos abiertos en las paredes para la salvaguardia de las
personas a las que les pillara el tren mientras estaban cruzando a través de él, con su
funerario aspecto y velado negror, causaban temor y desasosiego en nuestras
desamparadas cabezas.
No recuerdo de quién partió la idea; igual pude ser yo mismamente. Por qué no
ponemos un montón de piedras en medio de la vía para que descarrile el siguiente tren
que venga… Ni cómo fue secundada la criminal ocurrencia. No podemos hacer eso,
sería un asesinato. Y a sangre fría. Sí, y de mucha gente. Nadie se va a enterar. Es un
disparate, tú. Quien no tenga redaños que lo diga y se vaya… Tú estás loco. Quién se va
a enterar de lo que hagamos.
Insultos de parte de quien desea perpetrar el acto, justificaciones de moral para quien
se ve tachado de cobarde…
Se haría. Elegimos una piedra de tamaño algo mayor que uno de nuestros puños. Tan
pequeña, pasará totalmente desapercibida. La colocamos sobre uno de los rieles de la
vía, la cubrimos con un puñado de broza como llegada allí debido al arrastre del viento
para que no fuese vista la roca por el maquinista de la locomotora –toda precaución era
poca-, y nos volvimos con nuestros familiares. Dónde habéis estado; seguro que han ido
al túnel de la vía. A saber qué habrán hecho de malo estos belitres del demonio.
Una hora más tarde ya estábamos todos los grupos familiares campestres en camino
de regreso al pueblo, hacia Cehegín. Entonces se escuchó el pitido del tren que
habíamos estado esperando oír en el corazón de nuesrtas conciencias culpables, el tren
de las seis de la tarde al acercarse al Puente de Hierro, cuando nos hallábamos a un par
de kilómetros de distancia de la carretera de hierro. Los niños, no todos, algunos, nos
miramos cómplicemente y volvimos la vista atrás siguiendo con la mirada el curso del
río Argos corriente arriba. El tran ¡de pasajeros además! Cruzó el puente y penetró, se
veía en la lejanía, inmediatamente en el túnel. A la salida de él, al otro lado del monte, a
unos doscientos metros le aguardaba nuestra trampa mortal Sabíamos que con la
oscuridad no sería vista nuestra piedra hasta ser demasiado tarde. Niños, no os quedéis
atrás y tirar para adelante. Seguimos andando.
Para todos, la noche fue una pesadilla poblada por los gritos y llantos de los viajeros
de aquel tren de la muerte, sepultos sus cadáveres entre los restos de los destrozados
vagones.
Amaneció un nuevo día y cada uno de nosotros, los chiquillos, hicimos por buscar al
resto de los involucrado en el crimen en cuanto nos fue posible, recabando noticias
sobre el “accidente” ferroviario del día anterior. Parecía mentira de todas todas, nadie
había escuchado nada al respecto. Era raro. Qué hacer…
Tras comer a mediodía desganadamente, nos reunimos todo el grupo y resolvimos
unánimemente (la conciencia nos atosigaba por igual) regresar esa misma tarde al túnel
para verificar si hubo o no accidente. El criminal siempre regresa tarde o temprano al
lugar del delito.
Cuando fuimos en la vía de nuevo, todo mostraba un aspecto de lo más normal: no
había piedra alguna sobre los rieles (era de esperar), pero tampoco tren volcado. Me
imaginé a la poderosa locomotora ajorrando nuestro pobre obstáculo fuera de la vía.
Seguro que alguien ha pasado por aquí después de irnos ayer nosotros y nos ha quitado
la piedra. Tal vez. Mejor así.
Nos fuimos, a ninguno se le ocurrió volver (en lo que yo sé, jamás en toda su vida) a
colocar una nueva piedra en las vías del tren ni para partir un piñón tan siquiera. Ni a mí
tampoco.


Fin

*
Obra de José Ruiz DelAmor

martes, 26 de julio de 2011

CONSEJAS DE VIEJAS




CONSEJAS DE VIEJAS





(Guión de cómic)


(1983)


Obra de José Ruiz DelAmor


Basado en el cuento del mismo título y autor


*


(En 6 páginas y 30 viñetas)


*


***
*


PRIMERA PÁGINA




Viñeta 1




NARRADOR. La sabiduría popular está llena de arcanas sentencias extraídas de sucesos reales, llamadas refranes, proverbios, dichos o consejas. Aunque en muchas ocasiones no se corresponden con una realidad determinada -toda regla conlleva su excepción-, no obstante es preciso admitir que rara vez se equivocan estas Consejas de Viejas.




(Vista panorámica. Inmenso páramo desarbolado. Labrador azadonando la tierra; viste camisa con chaleco y zaragüelles con faja, calzado con espaarteñas. 4/6)




NARRADOR. ¿Dónde irá el buey que no are?




Viñeta 2




(Vista del labriego limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo de la mano derecha, que oculta parcialmente su rostro. 1/6)




LABRIEGO. ¡Dios, qué calor!




NARRADOR. La letra con sangre entra; la labor, con sudor.




Viñeta 3




(El labriego visto desde atrás caminando por una senda serpenteante, orlada por deshojados y tenebrosos árboles. 1/6)




LABRIEGO. Siempre igual, del trabajo a...




NARRADOR. El mal camino, pasarlo pronto.




*


SEGUNDA PÁGINA




Viñeta 4




(Labriego de espaldas a una barraca levantina con dos troneras en lo alto aparentando ser ojos y una puerta cubierta por una tela burda semejando una boca, sin perder su realidad de portal. Vista total. 1/6)




LABRIEGO. ...esta barraca inhóspita. Siempre...




NARRADOR. Antes de casar, ten casa en que morar, tierras en que labrar y viñas en que podar.




Viñeta 5


NARRADOR. Por la mañana titiritaina, por la noche chichirimoche.


(Labriego de espaldas. Esgrime un tajo de patata pinchado en l a punta de un cuchillo. Varios tajos humean sobre unas brasas apartadas del fuego en la rústica chimenea. 1/6.)


LABRIEGO. ... solo.


Viñeta 6


NARRADOR. De noche todos los gatos son pardos.


(Cabeza del labriego de frente. Detrás, a un lado, arde el fuego. Al otro lado se enmarca una sombra humana de mujer contra las cañas embarrizadas de la pared; sombra alargada. Rostro del labriego en sombras. 1/6.)


MUJER (sombra). Buenas noches...


LABRIEGO. ¿Quién...?


Viñeta 7


(Mujer morena, de gran belleza felina, destocándose del velo semitransparente que la cubre el rostro pálido. Melena larga y lacia. Viste una túnica talar. Vista total. 1/6.)


MUJER. Es la única vivienda que hay en varios kilómetros a la redonda. No sabía adónde ir.


NARRADOR. No es una mujer bonita lo que el hombre necesita.


Viñeta 8


(Los dos frente al fuego sentados de espaldas, en sendas sillas de anea. Las manos de la mujer adelantadas hacias las llamas. Bustos. 1/6.)


MUJER. Hacía frío fuera.


LABRIEGO. ¿Huye de algo?..., ¿o de alguien?


MUJER. No.


NARRADOR. ¿Me guardarás un secreto, amigo?... Mejor me lo guardas si no te lo digo.


*


TERCERA PÁGINA


Viñeta 9


NARRADOR. La cama es buena cosa, quien no puede dormir, reposa.


(Labriego tumbado en el suelo, contra la pared de cañas, en primer plano, cubierto por una manta a rayas. Al fondo, yacija en que duerme la mujer, que únicamente muestra sus cabellos, largos. En medio, fuego de chimenea. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Quién será?... Es tan hermosa.


Viñeta 10


NARRADOR. No por mucho madrugar amanece más temprano.


(Busto de mujer, de pie, de espaldas, junto a la mesa: platos, vasos, botella, frutero, hogaza de pan, etc. Labriego al fondo, incorporándose del suelo. Escena en penumbra; no ha amanecido aún. Hombre total. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Ya levantada?


MUJER. NO podía dormir.


Viñeta 11


NARRADOR. Las apariencias engañan.


(Amaneciendo; resplandor en los montes lejanos del fondo. Labriego cavando. Busto. 1/6.)


LABRIEGO. Espero que se quede... No parece disgustarla esta vida.


Viñeta 12


NARRADOR. En la huella del querer no hay animal que se pierda.


(Viñeta 3; vista frontal. Labriego apresurado. Vista total. 1/6.)


LABRIEGO. Tendría que haber terminado la cava del bancal, pero tengo que ver si aún está.


Viñeta 13


NARRADOR. Por el humo se sabe dónde está el fuego.


(Cabeza del labriego de espaldas. Barraca al frente, chimenea. Bosque al fondo. Sol en lo alto. 1/6.)


LABRIEGO. La chimenea... apagada. Se ha ido.


Viñeta 14


NARRADOR. La mujer aliñada, antes de vestirse, hace la cama.


(Vista al través del veno de la puerta desde el interior de la barraca, parcialmente oculto el labriego por la cortina que su mano alza. Sobre el lecho, compuesto, inciden los rayos solares provenientes de la ventana. Estera de esparto en el suelo. 1/6.)


NARRADOR. No está... Solo otra vez.


*


CUARTA PÁGINA


Viñeta 15


(Labriego sentado a la mesa, comiendo; de espaldas; botella de vino mediada a su derecha y panecillo mordisqueado a la izquierda. Ventana al fondo, con el sol en su ocaso. Busto. 1/6.)


LABRIEGO. ¿Qué esperaba yo que viese en mí?


NARRADOR. No se hizo la miel para la boca del asno.


Viñeta 16


NARRADOR. Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.


(Busto del labriego de espaldas mirando por la ventana al exterior. Al fondo, camino bordeado por árboles. 1/6.)


LABRIEGO. Quizás haya sido para mejor que se haya marchado.


Viñeta 17 (redonda)


(Rostro de labriego en gesto de sorpresa, en claroscuros; ojos y boca muy abiertos. Sol oculto; tenues rayos brotando tras las crestas montuosas. 1/6.)


LABRIEGO. ¡Eh!


NARRADOR. Ojos que no ven, corazón que no siente.


Viñeta 18


NARRADOR. Donde menos se piensa salta la liebre.


(Vista doble a través de las órbitas oculares del labriego: camino con árboles; mujer caminando, vistiendo sedas transparentes que dejan entrever sus torneadas formas; el cabello al viento. Las escenas orladas por las pestañas del labriego. 1/6.)


Viñeta 19 (horizontal)


(Perfiles. Mujer a la izquierda con un ramillete de flores silvestres en los brazos. Labriego a la derecha. La luna llena apareciendo tras de unas nubes sobre las copas de los árboles, muy al fondo. Oscuridad. 2/6.)


MUJER. ¡Hola!


LABRIEGO. ¿Dónde estaba?... Me tenía preocupado.


NARRADOR. En salvo está el que repica.


*


QUINTA PÁGINA


Viñeta 20


(Rostro sonriente de la mujer, aspirando el arom de las flores. Luna junto a su mejilla derecha, iluminando sólo ésta; la otra, en oscuro. Cabeza. 1/6.)


MUJER. Estuve en el bosque, recogiendo flores.


NARRADOR. Vete al monte algún buen día, que Dios da de balde su perfumería.


Viñeta 21


NARRADOR. Tal el tiempo, tal el tiento.


(Labriego rodeando los hombros de la mujer con su brazo, entrando por la puerta de la barraca. De espaldas. Medios cuerpos. 1/6.)


LABRIEGO. Celebro que no se haya marchado; la echaba de menos.


Viñeta 22


(Mujer de espaldas, en el centro de la estancia; busto. Labriego arrodillado junto a la chimenea, atizando el fuego. Mesa, cama, etc. 1(6.)


MUJER. Yo también le echaba de menos a usted.


LABRIEGO. ¿De veras?


NARRADOR. Tanto monta, monta tanto.


Viñeta 23 (triangular)


NARRADOR. El costal y la talega, lo que le echan, eso llevan.


(Mitad derecha del rostro de la mujer en semipenumbras; fondo oscuro con la mitad de la luna llena. 1/12.)


MUJER. Sí, no es fácil encontrar una presa por estos desolados parajes.


Viñeta 24 (triangular)


(Mitad izquierda del rostro del labriego en semipenumbras; fondo oscuro con la mitad de la luna llena, haciéndola coincidir con la otra mitad de la viñeta anterior. 1/12.)


LABRIEGO. Sí, tiene razón, es difícil encontrar una presa.


NARRADOR. Dios los cría, y ellos se juntan.


Viñeta 25


(Cabeza de la mujer en negro total; leve halo de luz enmarcándola. 1/6.)


MUJER. Me parece que no me ha entendido.


NARRADOR. A buen entendedor, pocas palabras bastan.


Viñeta 26


(Cabeza anterior, ahora iluminada completamente. Fondo oscuro. Gesto satánico en el rostro y colmillos vampíricos en la boca salivosa. 1/6.)


MUJER. Lo que necesito es la sangre de un ser humano para revitalizar mis fuerzas y mi juventud.


NARRADOR. Tras la cruz está el diablo.


*


SEXTA Y ÚLTIMA PÁGINA


Viñeta 27


(Cabeza del labriego en una oscuridad total; leve halo de luz enmarcándole. 1/6.)


LABRIEGO. Yo creo que la he entendido perfectamente.


NARRADOR. No es mal sastre el que conoce el paño.


Viñeta 28


(Cabeza anterior, ahora iluminada completamente. Fondo oscuro con luna llena. Cabellos de la cabeza erizados, rostro piloso, ojos lupinos, boca babeante con colmillos de lobo, orejas puntiagudas y mentón prominente. 1/6.)


LABRIEGO. Ya que yo también necesito lo mismo.


NARRADOR. De tal palo, tal astilla.


Viñeta 29 (forma de horca)


(Hombre-lobo saltando sobre mujer-vampiro. Luna llena seminublada a través de la ventana. Sin bocadillo, gruñido (Greeknn...) en el lobo y grito (Aahhh...) en la vampiresa. Hombre-lobo en fragmento menor de viñeta; vampiresa en fragmento mayor, en actitud de defensa-ataque. 3/6.)


NARRADOR. El hábito no hace al monje, ni la venera al noble.


Viñeta 30 (redonda sobre cuadro)


(Luna llena ocupando casi toda la viñeta; sombra de lobo sobre una roca, en el centro de la luna llena; más arriba, sombra de murciélago. 1/6.)


NARRADOR. Y por último, un postrero refrán: Del lobo y la vulpeja se puede tomar conseja.


*


Fin


*


Obra de José Ruiz DelAmor


Murcia, 1983


*
***
*


CONSEJAS DE VIEJAS


(cuento)




La sabiduría popular se encuentra llena de arcanas sentencias, extraídas de hechos acaecidos, llamadas refranes, proverbios, dichos o consejas. En muchas ocasiones se corresponden con la realidad -toda regla conlleva su excepción-, no obstante, es preciso admitir que muy raramente se equivocan estas Consejas de Viejas.


***


El hombre azadonaba la tierra del inmenso páramo desarbolado abatido por el cansancio. (¿Dónde irá el buey que no are?)

Con el antebrazo terroso se limpió el sudor de la frente. (La letra con sangre entra; la labor, con sudor.)

-¡Dios, qué calor! (La queja es vieja.)

La vuelta al hogar, al anochecer, está escoltada por tenebrosos árboles deshojados, orlando el
sendero serpenteante. (El mal camino, pasarlo pronto.)


-Siempre igual: del trabajo a... (El trabajo, a destajo.)

Su morada, una triste barraca de ramas, parece mirarle con odio a través de sus dos ventanucos,
y la boca angosta de entrada torcerse en gesto devorador. (Antes de casar, ten casa en que morar, tierras en que labrar y viñas en que podar.)

-... a esta barraca inhóspita. (A la oreja dime tu queja.)

Su cena serán unos sencillos tajos de patata asados en las brasas del fuego del lar. (Por la
mañana titiritaina, por la noche chichirimoche.)

-Siempre solo. (Yo y nos... somos dos.)

-Buenas noches, señor... (Según a quién, cuenta bien.)

Una sombra de mujer se enmarca en la puerta ante una capa de cielo estrellado. (Casa sin puerta, siempre abierta.)

-¿Quién...? ¿Qué hace usted aquí? ¿Cómo ha entrado? (De las visitas pega el cante una puerta
chirreante.)

La mujer, morena, de una belleza tan intensa como felina, se destocó del velo que la cubría,
desmadejando una luenga melena por sobre la túnica alba que velaba su cuerpo, que se presumía
exuberante. (Mujer con belleza, mujer sin cabeza.)

-Es la única vivienda que hay en varios kilómetros a la redonda. No sabía adónde ir. (En casa de
hambre, cerrojos de alambre.)

Luego, alimentándose la y reconfortada por el fuego, las confidencias se hacen obligadas. (Me
guardarás un secreto, amigo?... Mejor me lo guardas si no te lo digo.

-¡Brrr...! ¡Qué frío hacía fuera! (Da la confianza mejor con fianza.)

-¿Huye de algo, o de alguien, quizá, señora? (No se equivoca quien no abre la boca.)

-No. (Nunca dad la verdad.)

Hasta el menos galante de los hombres cederá su cama a una dama. (La cama es buena cosa,
quien no puede dormir... reposa.)

-¿Quién será esta mujer? Es tan hermosa. (No alabes lo que sabes.)

El labrador la ve con el pensamiento, pues sólo distingue un informe bulto sobre el lecho. (De
noche todos los gatos son pardos.)

Apenas se alza el sol, el labrador ya bina en sus viñedos. (Corre un velo por el cielo.)

-”Espero que se quede; no parece disgustarle esta vida.” (Suponer lo que se ignora es no saber ni la hora.)

Impaciente, hace el regreso a casa apresuradamente. (En la huella del querer no hay animal que
se pierda.)

-Tendría que haber terminado la mejenca del bancal, pero tengo que ver si aún está. (Correr
despacio o andar deprisa, la misma guisa.)

A la vista de la barraca, parecen verse confirmados sus temores. (Por el humo se sabe dónde
está el fuego.)

-La chimenea apagada... ¡Se ha ido! (No hay viaje sin equipaje.)

El interior está limpio y ordenado, la cama compuesta. (La mujer aliñada, antes de vestirse,
hace la cama.)

-No está... Solo otra vez. (Sólo una es la luna.)

Rumia triste su pena mientras mastica la cena. (Menor es la pena con la tripa llena.)

-¿Qué iba a esperar yo que viese en mí? ¿Qué podía ofrecerle? (No se hizo la miel para la boca del asno.)

Contemplar el sosiego de los desiertos alrededores le tornan conformista. (Hombre que enviude,
feliz, no lo dude.)

-Quizá haya sido mejor que se haya marchado. (Más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.)

Lo que no se espera ya, nos causa sorpresa. (Ojos que no ven, corazón que no siente.)

-¡Eh! (Desconfianza de la tardanza.)

Por el camino, envuelta en sedería transparente, camina la bella mujer hacia la casa. (El afecto tiene efecto.)

El hombre siente renacer la alegría en su entristecido corazón. (Tal el viento, tal el tiento.)

La luna llena va apareciendo tras de unas nubes, por sobre las copas de los árboles. (Luna llena,
noche plena.)

-¿Dónde estaba? Me tenía preocupado. (En salvo está el que repica.)

La joven aspira el aroma del ramillete de flores silvestres de sus manos. (Vete al monte algún
buen día, que Dios da de balde su perfumería.)

-Estuve en el bosque, recogiendo flores... paseando. (El que roba en mi troje, hay que ver qué
poco coge.)

Con su brazo rodeando los suaves hombros de la mujer, el labriego la hace penetrar en la
barraca. (No quieras comulgar en el templo en pecado, dando mal ejemplo.)

-Celebro que no se haya marchado; la echaba mucho de menos.(Lo que no viene, jamás se
tiene.)

El hombre anima alegremente las llamas del hogar. (El fuego no es un juego.)

-Yo también le echaba de menos a usted. Mucho. (La correspondencia es una gran ciencia.)

La voz del hombre parece más animal que humana al inquirir (Voz ronca, hay bronca.):

-¿De verdad? (La duda ofende.)

Y el rostro de la mujer parece ahora afearse. (Lo feo no veo.)

-Sí, no es fácil encontrar una presa por estos desolados parajes. (Donde menos se piensa salta la
liebre.)

A la luz de la luna, que se introduce a traves del ventanuco, el hombre parece más velludo ahora.

(Pelo..., o cabello cuando es bello.)

-Sí, tiene razón; es difícil encontrar una presa apetecible por estos lugares. (Dar a dama la razón
es cuestión de educación.)

Ambos parecen darse la razón sobre el particular mientras se muestran agitados. (Nuestro
acuerdo no recuerdo.)

-Me parece que no me ha entendido. (A buen entendedor, pocas palabras bastan.)

Le babea a la mujer la boca en tanto que muestra unos afilados dientes. (Boca hambrienta sola
se alimenta.)

El hombre está tranquilo. (Una virtud: la quietud.)

La mujer ahonda en su explicación (Todos sabemos... más o menos.):

-Lo que necesito es la sangre de un ser humano para revitalizar mis fuerzas y mi juventud. (Coge
tu presa por sorpresa.)

El otrora bello rostro de la mujer es ahora una máscara de maldad. (Tras la cruz está el Diablo.)

Continúa brotando vello en gran profusión en el rostro y manos del campesino. (El costal y la
talega, lo que le echan... eso llevan.)

-Yo creo que sí la he entendido; perfectamente. (No es mal sastre el que conoce el paño.)

En las sombras titilantes, la mujer espera. (Sea lo que sea, que yo lo vea.)

El hombre se explica con los ojos brillantes, los colmillos babeantes y las orejas puntiagudas.
(De tal palo, tal astilla.)


-Ya... que yo... necesito... algo... parecido. (Dios los cría, y ellos se juntan.)

El fuego, crecido, ilumina claramente a los dos monstruos en que se han convertido ambos
aparentes humanos. (Es frecuente lo corriente.)

Inmediatamente, saltan uno sobre el otro, atacándose y gruñendo como fieras salvajes. (El
hábito no hace al monje, ni la venera al noble.)

Más tarde, el hombre-lobo aullaba a la luna llena desde la cima de un monte mientras la sombra
de un enorme murciélago cruzaba el espacio.

Y por último, un postrero refrán: Del lobo y la vulpeja se puede tomar conseja.


Fin

*
Cuento original de José Ruiz DelAmor

Nota: Este cuento (originalmente lo escribí como un guión de cómic) fue publicado en México en 2007. Desconozco el título del volumen, así como la razón social de la editorial.
http://www.el-recreo.com/home/nsarved.asp?pag=1

*
***
*

lunes, 4 de julio de 2011

LA LUZ



LA LUZ


En medio de la noche, el marido abandonó el lecho conyugal envuelto en una completa oscuridad.
-Enciende la luz -oyó que le decía su esposa, desvelada-, o te darás un golpe contra algún mueble.
Él no había querido hacerlo precisamente para no despertarla.
-No te preocupes, ahora que estás despierta, la luz de tus ojos me alumbrará el camino.
A pesar de ser una cursilería, interiormente, la mujer se sintió muy halagada.
Se escuchó un ruido.
-¡Ay! -se quejó el hombre; se había golpeado contra un mueble, como predijera su mujer.
-¿Conque la luz de mis ojos... eh?
El conyuge masculino no perdió su buen humor.
-Habrás parpadeado un momento.


*

Obra de José Ruiz DelAmor
Microrrelato finalista en el Primer Premio Algazara
http://www.hipalage.com/lista-autores-seleccionados-primer-premio-algazara-hipalage.pdf

Incluido en el libro

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domingo, 3 de julio de 2011

A LA ESPERA


A LA ESPERA
Ya hace mucho, mucho tiempo, un hombre del pueblo se sentó en una silla a la puerta de su casa y se dispuso tranquilamente a esperar… Nadie sabe, nadie sabía qué. Desde entonces, yo, todos, esperamos a que él se levante para poder continuar cada uno con nuestras historias particulares. Cada día unos y otros le rogamos que se alce, que se levante… como a Lázaro. Pero a nadie hace el menor caso, se muestra impasible.

Algún día quizá nos daremos cuenta de que posiblemente esté muerto. Tal vez.
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Obra de José Ruiz DelAmor
microrrelato finalista del Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2007
http://www.juntadeandalucia.es/averroes/iesventuramoron/finalistas%20espana.pdf
http://www.poeticadigital.com/index.php/ciinoe/finalistas-de-espana-de-cuento-hiperbreve-del-concurso-internacional-de-microficcion-garzon-cespedes-2007/2008
Microrrelato incluido en el volumen intitulado "...", publicado por la editorial ... (nunca recuerdo estos datos, los buscaré y pondré más tarde)
O mejor, aquí disponen de la revista digital si desean descargársela
(pdf, 774.03 kb): http://www.megaupload.com/?d=DFRIRE35
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sábado, 2 de julio de 2011

UN ASESINATO CUALQUIERA

UN ASESINATO CUALQUIERA

(cuento averbal)

La noche negra, completamente oscura, bajo una enorme luna llena sobre una clara capa de estrellas titilantes, plena, en plena y exuberante primavera; el silencio momentáneo, preludio de una tragedia... El ambiente idóneo para un acto delictivo; o algo así. El escenario totalmente urbano, de cualquier ciudad de cualquier país, de cualquier barrio o calle arrabalero, y veloz el desarrollo de los acontecimientos.
La víctima cualquier hombre, eso sí, de aspecto acomodaticio, rollizo él; casi como un seboso cerdo; con imponente traje, elegante y caro a más y mejor; zapatos de fina piel: negros, puntiagudos, de innegable estreno reciente; camisa blanca de seda, limpísima, con un toque de plancha cuidadoso, con delicadeza...; gemelos de oro en los puños de la americana, pasacorbatas de plata en la horca de lujo, también de oro la cadena del reloj de saboneta dentro del bolsillo del chaleco de fantasía, cmo así el reloj de la muñeca izquierda -oro superfluo-, la cadena del cuello, los anillos de varios dedos, con brillantes relucientes u otros tipos de piedras preciosas, manos en tratos con una experta manicura (3.000 Ptas. la hora)... Todo en él caro, todo en él fino, de lo mejor del mercado. Hombre de negocios..., un prohombre; honrado, aunque con dudas, pero... ¿alguna demostración de lo contrario?... Todo en él, en su apariencia, nuevo, o casi nuevo, o de reciente estreno; hasta su susodicha honradez. Como tantos... o como muchos personajes, siempre todos de la alta suciedad. Perdón..., de la alta sociedad.
El repiqueteo de sus pasos lentos, calmos, por sobre el pavimento urbano, húmedo por el reciente riego del camión cisterna ayuntamental de las calles.
La tos: "Cof... cof...", el humo del cigarro habano, el escupitajo, el exabrupto: "Puta mierda, cochino tabaco..."
En la siguiente esquina de la calle, el asesino, el cruel y despiadado delincuente, el criminal sin entrañas... la escoria social, el desecho de la humanidad: marido de mujer enferma y padre de cuatro hijos, antes de cinco, el quinto hijo en el cementerio a causa del hambre, sin alimento suficiente para la subsistencia de los cuatro restantes, sin trabajo desde ya varios meses... regulación laboral en la empresa, pobre como las ratas y con su misma voracidad. La vida, las circunstancias o el destino. Pobre vestimenta y míseras zapatillas deportivas, barba de varios días y cabellos revueltos, dientes cariados y con sarro, manos callosas y sucias... Enclenque... enjuto, maloliente, hambriento y desaseado. En su mano siniestra, zurdo él, el instrumento criminal: un puñal o cuchillo -si tal, de cocina, seguro- (demasiadas sombras en el callejón para los detalles); o quizá un punzón de hielo herrumbroso. Cualquier objeto cortante o punzante apto, idóneo para el ilegal proceder del acto delictivo venidero.
La respiración... inexistente, el miedo en el cuerpo, el temor a la detención policial... Su muje, sus hijos hambrientos... la familia. La conciencia... la consciencia... y la rabia.
Los pasos, el sonido más recio, cercano, más próximos por momentos a la fatídica esquina... localización culminante del drama acaecedero... el acechante, expectante y alerta... dispuesto. Nadie por las cercanías del lugar, ninguna luz en las ventanas circundantes... sin sorpresas ni testigos. Todo dispuesto, todo perfecto.
De nuevo la tos del caminante nocturno: "Cof... cof...", del hombre gordo.. cigarro puro al suelo; de nuevo un exabrupto: "A la mierda, joder. Puaf...", el escupitajo. Los pasos...
Y al fin el ineludible encuentro de los dos hombres... en el punto culminante de la vida de uno de ellos. O, más bien, de su ocaso:
-¡El dinero... la cartera! -con apremio, un salto adelante, el arma, amenazadora, en ristre. Con decisión y fiereza intimidatorias.
-¡No! -la negativa con miedo, un paso atrás y la sorpresa en la redonda faz del hombre obeso de manifiesta opulencia; negación instintiva
irreflexiva.
-¡Rápido, coño! -nerviosismo manifiesto en el atracador despiadado, apremio urgente.
Uno con prisa, otro con desgana... Los dos con temor, aunque cada uno por diferentes motivos: miedo a la detención y pánico frente a la posible amenaza de muerte.
La respuesta del hombre rico a la urgencia del desposeído: un revólver en su diestra... licencia de armas... por protección. ¡Bang!, un disparo... un yerro y una defensa; la lógica defensa: cambio de papeles. El golpe, la puñalada, la asestada en el pecho. En defensa propia al final... Al fin y al cabo, en defensa propia, real pero baldío alegato ante un tribunal de justicia... la justicia al servicio del pudiente. La mirada incrédula del asesino, la mirada estupefacta de la víctima... ambos escépticos por el desarrollo inhabitual de los acontecimientos.
-¿Por qué? -el uno.
-¿Por qué? -el otro.
Un cuerpo al polvo, al asfalto, a tierra, polvo al polvo, cuerpo a tierra... El gorgoteo en la garganta, el ahogo, la asfixia...; el goteo de sangre, el reguero de sangre... de plasma sanguíneo, de liquido vital... La muerte.
El móvil, el de siempre: la posesión de bienes ajenos; el lógico y necesario... Registro minucioso pero rápido de los bolsillos del ya cadáver. Afuera dinero, joyas y oropeles... todo.
Luego, la huida apresurada del lugar, celérea escapada del lugar del crimen, del acto execrable y monstruoso. Pero ¿el monstruo, cuál de los dos?: ¿el vivo o el muerto?... ¿la víctima o su verdugo?... Realmente, quién.
En las propicias sombras de la noche... ¿tú o yo?
Silencio en la noche lóbrega.


Fin

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(Primer premio del Certamen de relato breve Delicias-S. Isidro-Pajarillos 2005. Publicado en la revista Aquí Delicias.)

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EL CERDO QUE QUISO SER HOMBRE


EL CERDO QUE QUISO SER HOMBRE

(fábula)

Érase que se era una vez un cerdo orondo, puerco, infuloso y tan lerdo, que ansiaba convertirse en un ser humano para abandonar su natural condición de marrano; esta era su ansia y manía uno tras otro día. Y sin encontrar –torpe de él- el remedio que le mudase de medio, se pasaba el día y la noche penando con gran derroche de ayes, suspiros y llantos; la causa de su disparatado anhelo le ocasionaba un constante desvelo, pues no lograba dormir entretanto.

Así, copió el animal cochino los mínimos gestos, los andares y ademanes y modales de los granjeros, sus amos, pero ¡ay! estos plagios incluso le resultaron tan fatales que la familia de cochiqueros ¡quita! dio en pensar que aquél era un cerdo algo raro, rarillo, muy cerca de ser un mariquita, y que en el mercado no se vendería caro.

Mas antes del advenimiento de la fecha señalada para que fuese sacrificado el cerdo con amaneramientos de maricón, acertó a pasar un buen mago justamente por el susodicho pago, y como resultaba ser algo vago, buscó en dónde echarse, algún rincón, que encontró debajo de un pino, donde descabezó una cabezadita –no le importó que fuera al raso- antes de proseguir su interrumpido camino. Cerca andaba el cerdo en apariencia mariquita, al que nadie le hacía puñetero caso.

El mago mágico despertóse de su reparador sueño cuando le pringó su mano toda con el hocico baboso el muy marrano, hallándose en tan mal paso.

-¿Qué deseas, amigo cerdo? –Y como era el dueño de la magia, maestro de un gran acerbo, le otorgó al triste cochino la facultad de expresarse en la lengua del mago, que no en chino, pues se trataba de castellano.

-Yo quiero ser hombre –dijo osado el gorrino.

-¿Para qué semejante desatino?

-No deseo ser un cerdo pueblerino.

-Bueno, sea como quieres pues, si tal es tu deseo. Mas como que mucho te dure el capricho no creo, te dejo la posibilidad de tornar a tu condición natural con que tan sólo digas la palabra mágica “¡Patatón!”, dicha con fuerza y en alta voz.

Y el mago se marchó por esos caminos de Dios, caminando tan campante, sin ser el mago de Oz, ni tan siquiera ser de Alicante.

El cerdo se miró, e igualito se vio a como era momentos antes. Y al cabo se durmió pensando que el mago de él se burló.

Se despertó al amanecer y no se lo podía creer: ¡era todo un hombre de muy buen ver!

Abandonó así, por supuesto, la granja y aquella apestosa zanja en la cual se metía cada día con suma alegría y se marchó a la ciudad más populosa que halló. Encontró trabajo y hogar en aquel mismo lugar, y se comenzó a adaptar a su nueva forma de vida, que fuera por él tan deseada y querida.

Mas tras vivir entre los hombres algún tiempo y tras ver cuán falsos eran en el templo, cabizbajos y religiosos dentro y fuera viles engañosos, repudió de ser más un hombre, por mucho que a alguien le asombre.

-¿Para qué quería yo ser hombre en vez de cerdo, a ver, si lo que quería ser ya lo era tal como Dios me hizo al nacer?

Y diciendo “¡Patatón!” se volvió a su condición más natural, la de ser un animal, sin dejar de ser un cerdo igual.

Moraleja:

¡Cuántos quieren mudar su condición
Sin saber que lo que quieren ya son!...


Pero aún no acaba aquí esta historia, a ella incluso todavía aún –valga la triple redundancia- podemos hacerla más bella.

El cerdo regresó nuevamente a su granja y a la, ahora sí, su querida lodosa zanja, y cambió hacia los demás su actitud, viéndole el resto de animales como un cerdo de gran virtud, y no como ellos eran tales…, unos grandísimos animales.

Con el hijo pródigo de regreso, se ganó en alegría entre los granjeros y toda la cochinería. Y así pasó algún que otro día.

Pero… como dice el refrán:

“No todos reciben bautismo
Ni todos observan lo mismo;
Y donde las dan las toman.”


Se llevó al cerdo una buena mañana el granjero en dirección directa… camino del matadero.
-No te me escaparás otra vez, marrano, que más vale pájaro en mano.
El cerdo no pudo decir ni “¡Patatón!” en el momento inesperado de su defunción. Fue troceado el cochino y vendido entre los vecinos del mismo pueblo del cual él fuera insigne convecino.
Y la última moraleja, que es además muy vieja, de esta manera reza:

“Cuántos, al cambiar de condición,
Le ponen fecha a su defunción”.

Así llegamos al FIN,
Como lo hará el delfín.

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Obra de José Ruiz DelAmor

De "Fábulas Fabulosas"

(Este cuento, una versión muy semejante, pues me he tomado la molestia de retocar la presente, forma parte del volumen titulado TE LO CUENTO de la Editorial Ábaco, publicado en el año 2006.)

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viernes, 1 de julio de 2011

EL PASO


EL PASO


Amanecer del 21 de julio de 1969, Neil Armstrong dio el primer paso sobre la Luna, un mundo completamente alienígena.

“Este ha sido un paso pequeño para un hombre, pero es una zancada de gigante para la Humanidad”, dijo el astronauta tras hacer una breve pausa.

En el control de vuelo de Cabo Cañaveral alguien exclama:

-¡Bien! La toma es buena. Que siga.

Todos respiraron aliviados y dejaron escapar los nervios acumulados distendiendo los músculos.

-Parece mentira, ¡caerse de espaldas al pisar la Luna! Qué ridículo hubiésemos hecho de haber emitido en directo.

-Ya, por no decir nada de lo que ha costado eliminar las huellas dejadas por Armstrong al ponerse en pie de nuevo.

-Bueno; pero al final ha salido bien.

-No del todo, la frase no era... “para un hombre”, sino “para el Hombre”.

-Bueno, tampoco se le va a pedir más al hijo de un granjero... -dijo un ex astronauta presente en la gran sala y próximo a ellos.

-Claro, y a ti tampoco. “¡La compuerta se ha abierto a la hora 109, 8 minutos, 5 segundos!” -le remedó.

-Es que con tanto cálculo horario para hacerlo coincidir... a uno se le va el santo al cielo.

-¡Vamos! ¡Todo el mundo al trabajo! -gritó una voz.

El comentarista de la base de Houston anunció la hora oficial del primer paso del hombre sobre la Luna:

-”Hora 109, 24 minutos, 20 segundos”.

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El director se mesó la barba. Suficiente.

-¡Corten!...


Fin

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